Friday, December 08, 2006

Friday, December 01, 2006

Castilla comunera

Las dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, habían quedado unidas por arriba, por lo que la heredera de los reinos era Juana de Trastámara. Pero su perturbado ánimo le impedía recibir la herencia, y languidecía encerrada en Tordesillas como una de esas princesas de los cuentos, abandonada por todos.

Muy lejos de allí, en Bruselas, vivía su hijo Carlos, un crío de 16 años a quien la reina apenas conocía. El niño había crecido en Holanda, y era esa lengua, el holandés, la única que manejaba con soltura. Y no demasiado, porque Carlos inauguró una tara genética que duraría varios siglos en la Monarquía española, llegando a constituir una de sus señas de identidad: el prognatismo. El príncipe no podía, literalmente, cerrar la boca, porque las mandíbulas no le encajaban. Cuando se hizo mayor se dejó barba para disimular el defecto, pero ese gen travieso del prognatismo lo legó a sus sucesores, de ahí que entre los reyes de España haya tanto belfo caído y tanta cara de tonto.

Por derecho, le correspondían los reinos de sus abuelos españoles, pero no para heredarlos de inmediato, sino para cuando su madre muriese, pues era Juana, por muy loca que estuviera, la verdadera propietaria de los mismos. Los cortesanos flamencos no estaban, sin embargo, por la labor de esperar, así que desoyeron las súplicas del regente Cisneros y proclamaron rey al chaval dos meses después de la muerte de Fernando.

Fue un golpe de estado, el primero de la España moderna. Cisneros se tragó el sapo y apremió al joven monarca a venir a España para ceñirse la corona y prestar juramento, ante las Cortes de Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia y Navarra; aquí, de juramentos siempre hemos andado muy sobrados, aunque luego no se cumplan.

Un año y medio después, el rey desembarcó en Asturias, en la ría de Villaviciosa, tras un tormentoso viaje que había alejado a la flota del puerto de Santander, al que en un principio se dirigían los bravos marinos vizcaínos que habían ido a recogerle a Flandes. No perdió el tiempo. Fue a ver a su madre a Tordesillas, en una visita relámpago; cumplido el trámite, condujo su numeroso séquito a Valladolid, donde se habían convocado las Cortes en las que habría de jurar como rey.

Aquí comenzó a torcerse todo. Al imberbe Carlos le acompañaba una camarilla de nobles flamencos que no se habían visto en una igual en su vida. El rey, que no sabía ni palabra de castellano, sólo se podía entender con ellos, por lo que les dejó hacer a su antojo.

Eso sentó a cuerno quemado entre los castellanos. En pocos meses, los principales hombres del reino habían sido postergados por el corrillo privado del rey. Un tal Marliano de Chièvres, de inconfundibles reminiscencias francesas, se convirtió en el amo de Castilla. Tenía la cara tan dura este Chièvres que llegó a proponer a su sobrino como arzobispo de Toledo, nada anormal si no fuese porque el sobrino era un niñato de 20 años que ni siquiera sabía dónde estaba Toledo.

El maniobrero Chièvres logró que el presidente de las Cortes fuese otro de los consejeros del rey, Jean de Sauvage, y envió a Fernando, hermano de Carlos, nacido en Alcalá y criado en España, a Bruselas, para alejar la tentación de que los castellanos escogiesen como monarca a otro Habsburgo más casero. Eso fue el colmo. Muchos de los representantes pusieron el grito en el cielo, pero no sirvió de mucho. Carlos sacó 600.000 ducados a las Cortes y puso rumbo a Zaragoza.

En Aragón, más de lo mismo. La camarilla real enredó todo lo que pudo, y los aragoneses aflojaron la bolsa: 200.000 ducados del ala, los justos para que el rey prosiguiese camino a Barcelona. Los catalanes, haciendo honor a su fama de gente sensata que no se deja engatusar por farsantes como Chièvres, alargaron la cuestión del dinero durante un año. Entonces, en pleno tira y afloja en la Ciudad Condal, llegó la noticia que habría de desencadenar todo el lío. Los electores alemanes habían decidido que Carlos era digno de suceder en el trono del Imperio a su abuelo Maximiliano.

Pero la elección no era gratis: los electores eran una recua de príncipes corruptos, y hacían un pingüe negocio con la designación del Emperador. Carlos necesitaba dinero, mucho dinero; más de lo que, a regañadientes, le habían dado las Cortes en España. En Castilla, que era de lejos el reino más rico de cuantos había heredado el afortunado joven, lo vieron venir. Carlos cabalgó hasta Santiago de Compostela, y allí reunió deprisa y corriendo, en marzo de 1520, las Cortes castellanas. Asistido por los valiosos oficios del obispo Mota, obtuvo un servicio (así es como se llamaban este tipo de atracos) de 220 millones de maravedíes. Todo por el Imperio, aunque, la verdad, a los españoles de entonces ni les iba ni les venía; bueno, les venía, pero mal.

El malestar se extendió por toda Castilla. Unos frailes de Salamanca redactaron una carta en la que exponían las razones para oponerse al servicio. Pedían al rey que no viajase a Alemania y que abandonase la costumbre de dárselo todo a los extranjeros que le acompañaban noche y día. Lo decían por Chièvres, no me cabe duda. Fueron estos frailes los que acuñaron el término "Comunidad". Hicieron uso de esa palabra para amenazar veladamente al monarca: si se salía con la suya, obligación de la Comunidad era oponerse y actuar en consecuencia.

El rey, encaramelado con el Imperio, se embarcó en La Coruña y dejó a Adriano de Utrecht a cargo de sus posesiones hispánicas. La mecha de la insurrección prendió con fuerza. La primera ciudad en alzarse fue Toledo. Capitaneados por Juan de Padilla, los toledanos expulsaron al corregidor real y se declararon en rebeldía. Los ecos de la revuelta saltaron las cumbres de Guadarrama y Segovia se levantó en armas unos días después. Aquí corrió la sangre. El corregidor y dos de los representantes de la ciudad en Cortes fueron linchados por la multitud; uno de ellos murió estrangulado en plena calle. La ciudad del Acueducto daría el líder comunero más legendario: Juan Bravo.

Los excesos de Segovia inspiraron al resto de ciudades, o de Comunidades, que ya venían a ser lo mismo. En pocas semanas toda Castilla estaba incendiada: Zamora puso sus procuradores frente a un tribunal, Guadalajara expulsó a sus magistrados municipales y la muchedumbre arrasó sus casas; Burgos depuso al corregidor y se cebó con uno de los cortesanos que se había traído el rey de Bruselas, Jofré de Cotannes, un francés engreído que había llamado "marranos" a los burgaleses: fue apaleado hasta la muerte y colgado por los pies.

En apenas dos meses, Carlos había perdido por las malas casi todo lo que no supo mantener por las buenas. Informado de la rebelión castellana, ordenó a su lugarteniente Adriano de Utrecht que tomase las medidas pertinentes. Adriano pensó que lo mejor sería dar un castigo ejemplar a Segovia, para que el resto de conjurados lo pensasen dos veces antes de seguir incordiando. Ese movimiento habría que combinarlo con el control de Tordesillas, ciudad en la que vivía la reina. La lógica impulsaba a creer que lo primero que harían los comuneros sería ofrecer el trono a Juana, y así fue.

La comunidad de Toledo, comandada por Padilla, sabía que la cosa se iba a terminar de cocer en Castilla la Vieja, así que reclutó una milicia y se dirigió a Tordesillas. La única opción que le quedaba a Adriano era frenar al ejército toledano, que se había reforzado con la milicia de Madrid; sí, de la villa de Madrid, que no era, como dicen ahora algunos, una insignificante aldeúcha, sino una ciudad con voto en Cortes.

El problema es que la artillería se encontraba en Medina del Campo. Envió al general Fonseca a recogerla, pero los medinenses se negaron, lo que ocasionó que los soldados de Fonseca metiesen fuego a la ciudad. La preciada artillería, eso sí, se quedó donde estaba.

El saco de Medina extendió la rebelión por todo el valle del Duero, y sus ecos resonaron a lo largo y ancho de Castilla. A mediados del verano, los insurrectos formaron la Santa Junta de las Comunidades en Ávila, que se erigió como legítima representante de Castilla. La Junta decidió trasladarse a Tordesillas, y una delegación, compuesta por Juan de Padilla, Juan Bravo y el salmantino Francisco de Maldonado, se entrevistó con la reina. Juana, que no había dicho esta boca es mía hasta ese momento, les respondió: "Avisadme de todo y castigad a los malos, que en verdad os tengo mucha obligación". Los malos eran los flamencos, se entiende.

Eso era mucho más de lo que el regente estaba dispuesto a soportar. Adriano, que era extremadamente hábil –por algo llegó a ser Papa–, cambió su estrategia. En lugar de enfrentarse a tumba abierta con todo el reino, guerra que tenía perdida de antemano, optó por dividirlo. Se atrajo a los aristócratas y a ciertos comerciantes de la lana, y procuró arrimar a su causa alguna ciudad. Pero para esto el monarca tenía que hacer concesiones. Aceptó alguna de las demandas comuneras y nombró dos nobles castellanos para ejercer de virreyes, junto a Adriano.

Sirvió de revulsivo inmediato: Burgos, cabeza de Castilla, y la nobleza, que se había mantenido indecisa, se desvincularon de la Junta. Había sido una estratagema perfecta, digna de un cardenal.

La suerte estaba echada. Sólo era necesario reconquistar Tordesillas, para alejar a la reina de los generales comuneros, y garantizarse el apoyo de Andalucía, cuyas ciudades no habían tomado partido ni por unos ni por otros. Lo primero acaeció en diciembre: la deserción de Burgos y una pésima maniobra de las tropas comuneras, capitaneadas por Pedro de Girón, pusieron la ciudad en bandeja a los realistas; lo segundo, dos meses después: las ciudades andaluzas hicieron público su compromiso de lealtad con el rey Carlos. La cosa se iba poniendo muy fea.

Los comuneros que habían salido con vida de Tordesillas escaparon a Valladolid. La causa, sin embargo, iba perdiendo adeptos. En la ciudad del Pisuerga sólo se dieron cita los procuradores de once ciudades: Toledo, León, Salamanca, Madrid, Toro, Segovia, Cuenca, Ávila, Valladolid, Zamora y la lejana Murcia, que se había apuntado a la verbena. En el otro lado las cosas tampoco pintaban muy bien: los vencedores de Tordesillas, que eran señores feudales, no querían provocar demasiado a los comuneros, para evitar que se lanzasen como locos al saqueo de sus feudos.

Durante semanas se dedicaron a observarse y mantener lo ganado. Hasta que volvió Padilla de Toledo. El general no entendía otro lenguaje que el del combate. Rearmó moralmente a los rebeldes y tomó al asalto la imponente fortaleza de Torrelobatón.

Los nobles, por su parte, que habían eludido la lucha, contemplaron atónitos cómo los comuneros se entregaban a una orgía de destrucción de sus propiedades. El movimiento comunero se había mutado en una revuelta antiseñorial, algo bastante habitual en aquella época: revueltas que terminaban siempre como el rosario de la aurora.

Al final, y a pesar de que la guerra tenía en vilo a todo el reino, la suerte de los comuneros se iba a ventilar en el corazón de Castilla, en Villalar. Los realistas reunieron dos ejércitos, el de Burgos y el de Tordesillas, y se lanzaron contra Torrelobatón. Padilla abandonó el castillo para refugiarse en Toro, pero no le dio tiempo a llegar.

El 23 de abril los realistas les alcanzaron junto a Villalar. Fue una derrota sin contemplaciones. A las pocas horas, bajo una inclemente lluvia, el conde de Haro proclamaba la victoria sobre un campo sembrado de miles de cadáveres.

Los cabecillas que habían sobrevivido fueron apresados y ejecutados de manera sumaria, al día siguiente, en la plaza del pueblo. Juan Bravo pidió morir primero para no ver la muerte de su admirado Padilla, que, mirándole a los ojos, le contestó: "Señor Bravo, ayer era día de pelear como caballero. Hoy es día de morir como cristiano".

Muchos creen, o eso les han hecho creer, que la rebelión comunera terminó en Villalar. Nada de eso. Las ciudades del valle del Tajo, especialmente Toledo, Madrid y Alcalá de Henares, siguieron enseñando los dientes una temporada. Adriano, al ver que no sólo no se rendían sino que intensificaban la resistencia, envió un ejército para devolverles el juicio.

Madrid y Alcalá fueron tomadas en mayo, pero Toledo era otro cantar. Encaramada sobre una privilegiada fortaleza natural, valiéndose del río como impenetrable foso, la ciudad arzobispal resistió todo el verano y parte del otoño. A su frente se situó una mujer, la viuda de Padilla, María Pacheco, una de esas españolas de rompe y rasga cuya tenacidad le valió el sobrenombre de Leona de Castilla. La ciudad terminó por rendirse, Pacheco hubo de emigrar a Portugal y Castilla quedó definitivamente pacificada.

A principios de 1522, casi al tiempo en que los canónigos de la catedral de Toledo realizaban una inscripción en el claustro para dar fe del final de la guerra, Adriano de Utrecht era elevado al solio pontificio como Adriano VI. Se lo había ganado a pulso. Ese mismo verano, el rey Carlos volvía a España, belfo en ristre, convertido en el monarca más poderoso del planeta. La España imperial daba sus primeros pasos en la historia. La experiencia nos dejaría baldados.


PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA: Fernando VI, el príncipe tranquiloTrafalgar, la gloriosa derrota1898, el año que perdimos CubaLeonor de Navarra, la reina que reinó quince díasEl moro MuzaTodo lo que no se ganó en LepantoLas lágrimas de BoabdilNumancia resiste.

Los Mendoza

La Casa de Mendoza:
breve biografía de algunos de los miembros de la familia Mendoza que participaron en las Guerras de las Comunidades y Germanías.

MARIA PACHECO

El 31 de Octubre de 1520 el Cardenal Adriano de Utrecht, regente en nombre del rey Carlos I, declaraba oficialmente la guerra a la Junta Santa de las comunidades Castellanas. Como es ya sabido, el problema venía desde la llegada de Carlos a Castilla, con gran séquito de flamencos, el 19 de septiembre de 1517. El reparto de prebendas entre los no-castellanos junto a una serie de problemas sociales latentes hicieron estallar en Valencia la revuelta de las Germanías en diciembre de 1519 y más tarde la rebelión-revolución de las Comunidades castellanas. La gota que colmó el vaso se produjo al abandonar Carlos por mar La Coruña el 22 de mayo de 1520 al poco de lograr el 19 que las Cortes castellanas le votaran los subsidios necesarios para ir a coronarse, como Carlos V, Rey de Romanos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Mi propósito es contarles algunas actividades de miembros de familia Mendoza en uno y otro bando. Bien es verdad que los Mendoza más poderosos apoyaron a Carlos V contra comuneros en Castilla y agermanados en la Corona de Aragón. Finalmente indicaremos que mientras los jefes de comuneros pertenecían a la nobleza, los de los agermanados eran del pueblo llano.
Comenzando por el bando "real", destaca la figura de Luis Hurtado de Mendoza y Pacheco, tercer Conde de Tendilla y segundo Marqués de Mondéjar (1489-1566), hijo del "Gran Tendilla" Iñigo López de Mendoza, y sucesor de su padre como Alcaide de La Alhambra y Capitán General de Granada. Fue el primero que en Andalucía levantó el pendón a favor de Carlos a la muerte de Fernando el Católico. Cuando aparecieron las Comunidades se pronunció en Andalucía por el rey (1520) enviando tropas desde Granada para asegurar el territorio y evitar la extensión del conflicto. Mostró siempre por Carlos la fidelidad que su padre tuvo por Fernando El Católico y fue su amigo personal desde que que éste se alojó en su viaje de bodas en la Alhambra (junio de 1526). Ocuparía hasta su muerte muy importantes cargos políticos y administrativos que demostraban la especial confianza de Carlos en él. Recientemente se ha descubierto en Albares (cerca de Mondéjar, Guadalajara) un pequeño mural que representa a Luis en la conquista de Túnez (1535), quizá la única representación gráfica de su rostro. Acabada la guerra de las Comunidades solicitó inutilmente por los servicios prestados a Carlos el perdón para su hermana María Pachecho, aunque logró que los hijos de ésta recuperaran la herencia paterna. Interesado por las artes, fue enterrado en San Antonio (Mondéjar).
En bando real militó Diego Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, que marchó con el rey en mayo de 1520, entró en el Consejo de Guerra en noviembre, volvió a Castilla para conocer la situación e informar a Carlos, está de vuelta en Alemania en enero de 1521 y vuelve a la península en julio de 1521. Y en esos tiempos los viajes no eran tan fáciles como ahora. Diego era una persona siempre preocupado por sus bienes en Cuenca y más proclive a la milicia que a la política. Moriría en 1542 en Barcelona.
También tuvieron una actividad destacada en el bando del Emperador, aunque en el Reino de Valencia, los dos primeros hijos del Gran Cardenal Mendoza, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza (1466?-1523) Marqués de Cenete (Granada) y Diego Hurtado de Mendoza (1468?-1536) Conde de Mélito (Nápoles) por su actuación al lado del Gran Capitán. Advierto al lector que personas diferentes de la amplia familia Mendoza podían tener el mismo nombre.
Diego era Virrey de Valencia desde 1520 y fue inicialmente derrotado por los agermanados en Gandía (25 de julio de 1521), expulsándole de Valencia. La llegada de tropas de refuerzo permitió al virrey derrotarles a finales de agosto y en septiembre, entrando en Valencia el 9 de noviembre de 1521. Diego actuó moderadamente contra los derrotados, pero la llegada de la nueva virreyna (Germana de Foix, viuda de Fernando el Católico) en 1523 endureció la "represión" hasta el perdón real del 16 de mayo de 1528. Su hermano Rodrigo, Marqués de Cenete, era gobernador de Valencia y su flexible y comprensiva actuación (hecho notorio a la vista de su turbulenta juvendud y madured) le permitió permanecer allí mientras su hermano huía. Actuando como mediador en diciembre de 1521 frente a los agermanados de Xátiva, fue aprisionado el 28 de enero por el caudillo Vicente Peris y liberado el 9 de febrero de 1523 en Valencia por los propios valencianos. Moriría el 22 del mismo mes de tristeza por la muerte de su esposa siendo enterrado en el convento de Santo Domingo de Valencia.
Para acabar el bando real hay que mencionar a Diego Hurtado de Mendoza y Luna (1461-1531), tercer Duque del Infantado, llamado "El Grande". Su actitud no ha sido explicada por los historiadores. El 5 de junio de 1520 recibió enfermo de gota en su Palacio del Infantado a los pecheros de Guadalajara y su primogénito Iñigo, entonces Conde de Saldaña, intenta colocarse a la cabeza del movimiento popular. Pero antes de acabar el mes, el Duque ejecutó sumariamente al cabecilla comunero Pedro de Coca, alejó a su hijo desterrandole a Alcocer y obtuvo la capitulación de los comuneros en la capital, aunque no su rendición, manteniendo el orden en la provincia (hubo partidas comuneras que llegaron a las puertas de la cercana Tendilla, pero el ánimo decidido de los vecinos las hizo retirarse e ir a saquear otros pueblos como el de Fuentelencina). Diego permitió que Guadalajara enviara representantes a la Junta, pero no permitió su renovación. Y permitió el paso pacífico del Obispo de Zamora, el comunero Antonio de Acuña, por sus tierras hacia Toledo en marzo de 1521. Se condujo generosamente con los sublevados en Guadalajara y logró para ellos un perdón real que llego el 27 de abril de 1521, a la vez que las noticias de la derrota de Villalar.
Su conducta ambigua divide a los historiadores. Para Sánchez León podría haber tenido un acuerdo con el Regente Cardenal Adriano para ser una "quinta columna" tras las filas comuneras, lo que explica el pronto perdón obtenido. Para otros simplemente esperó acontecimientos actuando solo contra lo que afectara al orden local constituido. Layna afirma que en su actitud influyó su enemistad con el obispo comunero Acuña que podía competir con su hijo bastardo Martín (lo tuvo con una hermosa gitana y era uno de sus preferidos) para la mitra toledana y quizá un disgusto secreto por no participar en el gobierno de Castilla. Hay sospechas para Joseph Pérez de un acuerdo no escrito con el belicoso Acuña para dejarle pasar por sus tierras a cambio de evitar cualquier subversión en sus dominios. Fuera como fuese se le tuvo por vasallo fiel al rey y como tal alojó y agasajó en 1525 a Francisco I de Francia en su Palacio del Infantado cuando venía hacia Madrid tras caer prisionero en Pavía.
La figura del futuro cuarto Duque del Infantado Iñigo López de Mendoza y Pimentel (1493-1566), el "Duque viejo", fue muy diferente de la de su padre. Aunque fue Caballero del Toisón de Oro y tuvo cierta relevancia en la Corte, estuvo apartado de cargos políticos quizá por sus simpatías iniciales comuneras. En su corte de Guadalajara circularon algunas ideas para-luteranas y erasmistas en los inicios de su mandato. Era un hombre culto que escribió un "Memorial de Cosas Notables" y acrecentó la biblioteca que iniciara el Marqués de Santillana.
En el bando de los partidarios de la Santa Junta de las Comunidades estuvo Juan Hurtado de Mendoza, tercer hijo del Gran Cardenal. Fue nombrado en 1520 Capitán General de la Infanteria de Valladolid, y posteriormente de Palencia y su partido. Su papel no fue nuy notorio pues nunca participó en las sesiones de la Junta comunera, aunque no fuera incluido en el perdón real de 1522 y tuviera que emigrar a Francia fundando, según cuenta Gregorio Marañón, el Hotel Mendoza en París. Diego Hurtado de Mendoza (hijo del primer matrimonio de Juan) fue también comunero y por ello desterrado.
Todos los Mendozas anteriores, aunque se les encuentra en los libros de historia no están en la memoria popular. En la HISTORIA (así, con mayúsculas) brillan los nombres de dos comuneros de esta familia: Juan Bravo y María Pacheco. El lector puede extrañarse al leer estos apellidos, pero entonces se podían elegir y mantener el del padre, el de la madre (caso de María) o el de un antepasado de mayor rango.
En 1981 la Caja de Ahorros de Segovia publicó una biografía de Juan Bravo cuyo autor es D. Luis Fernández en la que a partir de documentos de Simancas y de la Cancillería de Valladolid se indica que Juan era hijo de María de Mendoza, hija del conde de Monteagudo. María Pacheco y Juan Bravo eran "primos". Bravo nació probablemente en Atienza hacia 1484 y se avecindó en Segovia en 1504, participando en la sublevación segoviana del 29 de mayo de 1520. Organiza militarmente la ciudad y dirige las operaciones que impiden la entrada en Segovia de las tropas realistas de Rodrigo Ronquillo. Pasa a mandar las tropas que Segovia envió al conflicto y bajo el mando de Padilla entra en Tordesillas el 29 de agosto y sigue todos los avatares militares del conflicto tomando en febrero de 1521 Zaratán y Simancas, a la vez que Padilla toma Torrelobatón el 25 de febrero de 1521. Tras la derrota de Villalar el 23 de abril se le decapita con inusitada rapidez el 24 junto a Juan de Padilla y Francisco Maldonado. Pidió ser ejecutado antes que Padilla "para no ver la muerte de tan buen caballero". Una hija del primer matrimonio de Bravo tomó el nombre de María de Mendoza y los dos hijos de su segundo matrimonio en 1519 con María Coronel se llamaron Andrea Bravo de Mendoza y Juan Bravo de Mendoza.
María Pacheco era hija de Iñigo López de Mendoza, primer Marqués de Mondéjar y segundo Conde de Tendilla (llamado el Gran Tendilla), y de Francisca Pacheco, hija de Juan de Pacheco, el turbulento primer Marqués de Villena. Escogió el apellido materno al tener dos hermanas de su mismo nombre (una de ellas hija natural de su padre en su segunda viudedad). Se unieron en ella el caracter fuerte de los Mendoza y el de su abuelo materno. Como otros hermanos suyos, María era docta en latín, griego, matematica, muy leída y con conocimientos de letras e historia.
Estuvo enfadada con su padre por casarla en 1510 con Juan de Padilla, un noble toledano que ella consideraba de inferior rango. Asimismo la obligaron a renunciar a cualquier pleito por la herencia paterna a cambio de una cuantiosa dote de cuatro millones y medio de maravedíes. Instigó a que su pacífico y enamorado marido uniera Toledo a las Comunidades en abril de 1520 "por querer mandar en lo que no le venía por herencia". Padilla acude con las milicias toledanas en auxilio de Segovia y fue nombrado el 29 de julio jefe de las tropas comuneras aunque luego debe ceder el mando a Pedro Girón, volviendo a Toledo. Girón deserta al bando real y Padilla regresa a Valladolid el 31 de diciembre de 1520 con un nuevo ejército toledano. Tras los avatares antes contados, es decapitado en Villalar el 24 de abril de 1521.
En su ausencia María había gobernado sola Toledo hasta la llegada el 29 de marzo del obispo Acuña (más soldado que sacerdote), viendose obligada a compartir con él el poder en la ciudad, aunque Acuña estaba siempre más preocupado en dirigir actividades militares. Al recibir las malas nuevas sobre Villalar, María se vistió de luto y cubrió su cabeza con un capuz. Finalmente Acuña huye en mayo intentando llegar a Francia. Parte de la rivalidad con Acuña se debía a su intención de lograr la mitra toledana que María deseara para su hermano Francisco de Mendoza. Como se ve, la mitra era muy codiciada. El segundo Marqués de Villena, tio de María, intentó inutilmente actuar de mediador entre los toledanos y las tropas reales. María llegaría a mantener la causa comunera nueve meses después de Villalar aunque el largo lapso que Toledo resistió se deba en parte a que el ejército real fue a Navarra para combatir la invasión francesa, oportunidad que muchos ex-comuneros aprovecharon para lograr el perdón luchando contra Francia. Medina, Segovia, Valldolid y Burgos enviaron tropas a Navarra. Para mantener el orden María llegó a apuntar los cañones del Alcazar contra los toledanos.
Mientras tanto el prior de San Juan al mando de las tropas reales cercó Toledo. Aunque el bombardeo de Toledo empezó el 1 de septiembre, los toledanos realizaban salidas con distinto éxito para avituallarse. Finalmente se firmó una tregua y el 25 de octubre de 1521 los comuneros evacuaron el Alcazar toledado aunque conservaron sus armas y el control de la ciudad (María fortificó y artilló su casa). Ante la petición de rendición en diciembre, así como de la entrega de María, los toledanos se alzaron el 3 de febrero de 1522, fracasando ante las tropas del Obispo de Bari. María de Mendoza, condesa consorte de Monteagudo y hermana de María Pacheco, logró de los combatientes una tregua al acabar el día. Hay sospechas de que una hermana ayudó a huir a la otra con la connivencia de Luis Hurtado de Mendoza, Marqués de Mondéjar. María Pacheco se fugó disfrazada de noche con su hijo de corta edad hacia Portugal.
Exceptuada en el perdón general del 1 de octubre de 1522 y condenada a muerte en rebeldía en 1524, María subsiste con dificultades al ser la ayuda familiar escasa, viviendo gracias a la caridad del obispo de Braga hasta su muerte en Oporto en marzo de 1531. Su hermano menor Diego Hurtado de Mendoza (cronista, poeta y embajador de Carlos V) la visitó en Oporto antes de morir y su hermano mayor el Marqués intentó repetidamente lograr su perdón.
Denostada en aquellos tiempos, María empezó a ser alabada por los liberales en el reinado de Isabel II. Ciertamente tuvo un fuerte caracter. Sus contemporáneos hablaron de ella admirativamente como "leona de Castilla", "brava hembra" y "centella de fuego" aunque también "era más propensa a los excesos que a la moderación". Intentaban explicar sus obras achacándoselas a la influencia de un demonio familiar o a las predicciones que recibió de una morisca sirvienta suya. De su marido Padilla dijo Luis Vives que "fue él castigado del Rey por no haberlo sido él de su mujer".
No todos están de acuerdo en esta pintura del caracter de María (ya sabemos que la historia siempre la escriben los vencedores): su hermano Diego Hurtado de Mendoza escribió un epitafio, en claro desacuerdo con las opiniones anteriores: Si preguntas mi nombre fue María
si mi tierra, Granada; mi apellido
de Pacheco y Mendoza, conocido
el uno y el otro más que el claro día
si mi vida, seguir a mi marido;
mi muerte en la opinión que él sostenía
España te dirá mi cualidad
que nunca niega España la verdad.
La situación en España fue calmandose especialmente a partir del 16 de julio de 1522 en que volviera Carlos desde Alemania. Como dicen los historiadores "hicieron mayor al rey" que llegara sin saber castellano pocos años antes.


Creada por José L.G. de Paz / depaz@uam.es / Versión de 25

La viuda

La viuda de Padilla
Tragedia
Francisco Martínez de la Rosa
[Nota preliminar: edición digital a partir de La viuda de Padilla, en Obras literarias de D. Francisco Martínez de la Rosa, París, Imprenta de Julio Didot, 1827-30, t. III, 1827, pp. 41-161, y cotejada con la edición de Jean Sarrailh, Madrid, Espasa-Calpe, 1954.
Para las diferencias entre las ediciones de 1814 (Madrid) y 1820 (Valencia) con la de 1827 (París) nos hemos basado en el artículo de Brian J. Dendle, «A note on the Valencia edition of Martínez de la Rosa's La viuda de Padilla», Bulletin of Hispanic Studies, núm. 50, 1973, pp. 18-22. Hemos consignado esas diferencias en nota.]

Advertencia
Cuando emprendí la composición de esta tragedia, por los años 1812, acababa de leer las de Alfieri, y estaba tan prendado de su mérito que me las propuse por modelo: componer un drama con una acción sola y única, llevada llanamente a cabo sin episodios, sin confidentes, con pocos monólogos y un corto número de interlocutores; imitar el vigor en los pensamientos, la concisión y energía en el estilo y la viveza del diálogo, que encubren hasta cierto punto, en las obras de aquel célebre autor, la falta de incidentes y la desnudez de sus planes; tal fue el objeto que me propuse, aunque convencido íntimamente de la dificultad de conseguirlo, y mucho más siendo aquella la primera vez que tanteaba mis fuerzas en una clase de composición tan difícil.
Al haber de elegir el argumento, el deseo de que fuese original y tomado de la historia de mi nación, y quizá más bien las extraordinarias circunstancias en que se hallaba por aquella época la ciudad de Cádiz, en que a la sazón residía, asediada estrechamente por un ejército extranjero y ocupada en plantear reformas domésticas, llamaron naturalmente mi intención e inclinaron mi ánimo a preferir entre varios asuntos el fin de las Comunidades de Castilla.
Este argumento presentaba desde luego notables ventajas; aunque contrapesadas con no menores inconvenientes: por una parte el término de una gran contienda, de que va a depender tal vez la suerte de una nación, ofrece de suyo ocasión oportuna de desplegar caracteres enérgicos y violentas pasiones, cual acontece en la crisis de los Estados; sin que admita tampoco duda que la propia magnitud del cuadro contribuye a darle dignidad y nobleza.
Mas también es cierto aunque a primera vista aparezca extraño, que no se despiertan con tanta prontitud y vehemencia los afectos del ánimo, cuando se presenta en el teatro un argumento de esta clase, por importante que sea, como cuando se excita el terror y la compasión, ofreciendo la pintura fiel de las desgracias que afligen a una o a pocas personas, por lo común no exentas de flaquezas o culpas: en este caso, como que el espectador se coloca más fácilmente en la situación de los desdichados, y siente con más eficacia la conmiseración de los males ajenos y el temor de experimentarlos él propio; pero cuando se representa la catástrofe de un pueblo, hallando el interés de los espectadores, campo más vasto en que ensancharse, se concentra a duras penas en un solo punto, y por consiguiente es menos vivo.
Estas reflexiones, que se ven comprobadas en Caton de Addisson y en la Numancia de nuestro teatro, pueden aplicarse más o menos a esta composición, en la cual se nota igualmente otra desventaja que ofrecen de ordinario tales argumentos; porque tratándose en ellos de una causa cuyo éxito no parece ya dudoso, falta aquella incertidumbre, aquellos vaivenes entre el temor y la esperanza, que sacudiendo reciamente el ánimo, ablandan el corazón para que reciba los sentimientos propios de la tragedia: hasta la misma fortaleza y temple de lama del personaje principal, al paso que arrebatan la admiración y respeto, parece que se oponen a la piedad y lástima; si no vemos llorar ni afligirse al mismo que padece el infortunio, ¿cómo hemos nosotros de afligirnos y llorar por su suerte?
Por no omitir nada de cuanto me ocurre con respeto al argumento de este drama, debo también decir, que si el amor y la galantería perjudicaron en sumo grado a los excelentes trágicos del siglo de Luis XIV, el inmoderado uso de la filosofía y de la política han dañado no poco, en mi concepto, a los de la época más reciente; y que este achaque, propio de los tiempos, adolece también en esta composición. Si me quedara de ello alguna duda, bastaría a disiparla lo que por mí propio he observado al representarse el acto segundo; mientras la Viuda y el Padre de Padilla se limitaban a abogar cada cual por el partido político que había seguido, la misma gravedad del asunto y el peso de los argumentos lograban cautivar poderosamente la atención del auditorio; pero no causaban aquella inquietud y angustia que tanto agradaban en las representaciones trágicas; mas desde el punto en que, dejando a parte la causa general, aludían ambos interlocutores a las desgracias de su familia, y empezaba a oírse el lenguaje del corazón, en lugar de los discursos de la mente, al instante se percibían en el auditorio los síntomas más honrosos para esta clase de composiciones.
He creído oportuno indicar las ventajas e inconvenientes propios del argumento de este drama, por si este aviso pudiese ser de algún provecho a los jóvenes aplicados que se dediquen a la carrera trágica; mas en cuanto al modo con que le haya desempeñado, a otros y no a mí es a quienes toca deslindar y calificar los aciertos que pudiere haber logrado y las faltas en que hubiese incurrido: limitándose a decir, como quien busca desconfiado de sí mismo el abono de otros, que esta tragedia ha sido recibida por el público con muestras de aceptación y aplauso.
Representándose por primera vez en el mes de julio del año 1812, y en días tan aciagos, que ni aun pudo salir a la luz en el teatro de Cádiz, por el grave riesgo que en él ofrecían las bombas arrojadas por el enemigo, que habían estado a punto de causar, muy poco tiempo antes, la ruina de aquel edificio, lleno cabalmente de gran número de personas: por cuyo motivo se construyó, como por ensalmo, en el paraje más apartado del fuego enemigo, un teatro interino labrado de madera, y en él fue en el que se representó al principio esta tragedia. Cuando después la suerte de las armas alejó todo peligro de aquella benemérita ciudad, y dejó libre y salvo el territorio de la Península, se representó igualmente en el teatro de la corte y en otros del reino; con cuyas pruebas favorables alentado el autor, imprimió su obra en Madrid, a principios del año 1814, insertando en aquella edición, así como esta, el siguiente Bosquejo histórico de la guerra de las Comunidades.

Bosquejo histórico de la guerra de las Comunidades
Fácil fue pronosticar, desde el reinado de los Reyes Católicos, el riesgo que iban a correr las leyes fundamentales de Castilla; pero al notar el desacuerdo y demasía con que empezó a gobernar su nieto D. Carlos I, no pudo quedar duda de que la libertad tocaba a su postrer término, si no acudían los pueblos a su socorro. Un monarca falto de años y escaso de experiencia, nacido y criado en país extranjero, ignorante de las leyes, de las costumbres y aun de la lengua de la nación que iba a regir; ministros flamencos, malvados y codiciosos, sacando a pública subasta los oficios y cargos, vendiendo las gracias del monarca, oprimiendo a los naturales, y colocando en los principales empleos a gente advenediza, que había entrado en España como en tierra conquistada que iba a ser puesta a saco; sangrada Castilla de sus riquezas, y llevadas a naciones extrañas, no en cambio de comercio, sino como precio de injusticias; alzadas a puja las rentas de la corona y recargadas las contribuciones más onerosas; amagadas las exenciones y libertades de las ciudades más favorecidas; menguados los privilegios de la nobleza, no en pro comunal de los pueblos, sino para quitar también ese freno a la desbocada codicia de los extranjeros; tal era el estado de desorden en que se hallaba el reino, por confesión misma de los historiadores más empeñados en acriminar el levantamiento de los castellanos.
Una circunstancia contribuyó a acelerarlo, colmando la medida a la paciencia de los pueblos, sobradamente reprimida hasta entonces: elegido el rey D. Carlos emperador de Alemania, para suceder a su abuelo Maximiliano, se aprestaba, de vuelta de las Cortes celebradas en Aragón, a ir a recibir la corona imperial, y convocó las Cortes para la ciudad de Santiago. Con esta resolución se apuró el sufrimiento de los castellanos: ver a su monarca desatender los clamores del pueblo, y en vez de reparar sus agravios partirse a naciones extrañas, dejando huérfano y desamparado un reino tan ofendido y esquilmado por los extranjeros; ver a éstos rodear al seducido príncipe impunes y como en triunfo, aprestándose a abandonar un país en que sólo dejaban descontento y lágrimas, para llevar al suyo los frutos de su rapacidad; convocar las Cortes, no con el objeto de resarcir los perjuicios públicos, sino con el de exigir por despedida nuevas y más graves imposiciones que acabasen de enflaquecer el reino; señalar para la reunión de las Cortes (en vez de un pueblo en tierra llana de Castilla, cual fuera la costumbre), una ciudad junto al extremo de la Península, como para facilitar a los que habían saqueado el reino la conducción de su presa, poniéndosela más cercana a los mares; en una palabra, cuanto podía ofender e irritar a una nación pundonorosa, más acostumbrada a sobrellevar la opresión que el desprecio, tanto concurrió a encender los ánimos de los castellanos.
Mostráronse primero los síntomas del descontento y el anhelo de pedir la reparación de tantos males en la ciudad de Toledo, acérrima defensora de sus fueros y libertades; y reunido su Ayuntamiento, hablaron resueltamente contra los abusos introducidos en el reino y el quebrantamiento de sus antiguas leyes, el regidor Hernando de Avalos (a quien señalan como primer incitador de las alteraciones de Castilla), D. Pedro Laso de la Vega, de ilustre alcurnia y aventajado mérito, y el célebre D. Juan de Padilla, héroe el más señalado en la historia de las Comunidades, y cuyo retrato copiaremos de su más encarnizado enemigo: Siendo Padilla en sangre tan limpio, en cuerpo tan dispuesto, en armas tan mañoso, en ánimo tan esforzado, en juicio tan delicado, en condición tan bien quisto y en edad tan mozo, que era el ídolo de Toledo, llevó tras sí el parecer de la mayoría, y se acordó escribir a las demás ciudades de voto en Cortes, a fin de que nombrasen comisionados que, unidos, pidiesen al monarca la observancia de las leyes y la reparación de los agravios, siendo las siguientes demandas la mejor apología de su intención y justicia, a saber: que el rey no se ausentase, dejando el reino en tan lastimoso desconcierto; que no se diesen oficios ni cargos a extranjeros, contra lo dispuesto por las leyes; que no se extrajese moneda bajo ningún pretexto; que no se pidiesen nuevos servicios en las Cortes, y que éstas se celebrasen dentro del término de Castilla; que no se vendiesen los oficios; que la Inquisición mirase sólo al servicio de Dios, y no agraviase ni oprimiese a los pueblos; finalmente, que se administrase justicia. Tan acertadas súplicas fueron acogidas favorablemente por todas las ciudades, igualmente agraviadas que Toledo, y no menos ansiosas de reprimir los desafueros de la autoridad; sólo Burgos desaprobó el consejo; Sevilla no dio respuesta; y Granada mostró indecisión y tibieza, recomendando la prudencia y la elección de circunstancias más oportunas. Pero Toledo, ufana con la aprobación del mayor número de ciudades, envió comisionados al efecto, siendo el principal de ellos D. Pedro Laso; y llegados a Valladolid, donde se hallaba el rey, suplicáronle les diese audiencia; a lo que les contestó que después se la otorgaría, puesto que a la sazón iba a salir para Tordesillas, con ánimo de visitar a la reina, su madre. Siguiéronle, en efecto, y obtenida la audiencia en Villalpando, donde se les unieron los procuradores de Salamanca, representaron al rey con la entereza de libres castellanos los agravios que padecía el reino, sin recibir otra respuesta del monarca sino que en Benavente mandarla dársela, oyendo el parecer de su consejo, el cual, para descrédito suyo y daño de los lastimados pueblos, calificó de delito digno de severo castigo el exigir el cumplimiento de las leyes, que el mismo rey había jurado en las Cortes de Valladolid. El mal aconsejado monarca mostrose severo a los procuradores, reprendioles su atrevimiento, y volviéndoles desatentamente la espalda, sin acabar de oír sus razones, les mandó que se presentasen al presidente de su consejo, quien, desaprobando su conducta, les previno que en las Cortes convocadas para Santiago podrían pedir los procuradores lo que creyesen justo, y que ellos se abstuviesen de insistir en sus atrevidas demandas.
Firmes, no obstante, en su propósito y dignos de la confianza merecida a sus ciudades, los comisionados de Toledo y Salamanca siguieron al rey hasta Santiago; y comenzadas las Cortes (el día 1 de abril del año 1520), hallándose el monarca presente, confiado en contener con su vista a los procuradores más atrevidos y menos dispuestos a complacerle, manifestó el presidente la necesidad de la partida del rey, la confianza que tenía en la tranquilidad del reino durante su ausencia, y la precisión de concederle un nuevo servicio, para atender a los gastos del viaje. Enmudecieron todos los procuradores; y sólo los de Salamanca rehusaron denodadamente prestar el juramento ordinario, a menos que el rey les prometiese antes acceder a las justísimas súplicas que le habían hecho. Esta franca resolución fue tenida por desacato, y privados dichos procuradores de volver a las Cortes, no habiendo asistido a ellas los de la ciudad de Toledo por no haber querido ésta concederles poderes amplios, cual pedía el rey en la convocatoria, sino meramente reducidos a solicitar enmienda de las exorbitantes pasadas, y no a otorgar nuevas imposiciones. Los procuradores de Salamanca y los comisionados de Toledo insistieron con tal firmeza en sus reclamaciones, que irritaron el ánimo del monarca, hasta el punto de mandarles salir de la corte y señalarles lugar para su residencia, como por especie de destierro; con cuyo rigor creyó el rey sojuzgar los ánimos de los demás procuradores para que otorgasen el servicio pedido a las Cortes, trasladadas después a La Coruña, sin advertir que tan destemplada severidad y tan injustos desaires iban a enconar los ánimos y a dar lugar a peligrosas alteraciones.
Y aconteció así: porque apenas llegó a Toledo la nueva del mal recibimiento que habían tenido sus enviados y de lo desatendidas que habían sido sus súplicas, mostrose abiertamente el descontento general, mal encubierto hasta entonces; alterose el pueblo; impidió a Padilla y a Avalos que saliesen de la ciudad y acudiesen al llamamiento del rey, que les mandaba ir a su presencia; y ocupando el alcázar, que hubieron de abandonar algunos caballeros malquistos con el pueblo, comenzó aquel desasosiego turbulento y aquella falta de respeto a las autoridades, que suelen preceder a las revoluciones. Fácil hubiera sido al monarca, si escuchara su propio consejo y no el torcido de sus cortesanos, sosegar a Toledo con su presencia, y quizá impedir de esta suerte el posterior levantamiento de Castilla; pero seducido por sus privados que, temerosos del enojo de los naturales y ansiosos de poner en salvo sus tesoros, nada anhelaban más que abandonar a España, determinó partir al primer viento favorable, ya que había conseguido de las Cortes la concesión de un servicio de doscientos cuentos en tres años, aunque contra el parecer de muchos procuradores, que reclamaron como escandaloso el exigir nuevos servicios antes de acabar de cobrar los concedidos anteriormente, y de poner remedio a los males que aquejaban al reino. Rodeado de aduladores flamencos y de algunos caballeros castellanos, y dejando tras sí el descontento y la indignación pública; abandonando a todo trance una nación, cuyo gobierno era de más valor y cuantía que el de sus demás dominios y estados; confiando a las débiles manos del cardenal Adriano de Utrecht las riendas de tan gran imperio, y sin tomar más precaución para impedir o sosegar las turbulencias que amenazaban, que nombrar por capitán general al esclarecido caballero D. Antonio de Fonseca, se embarcó el rey Carlos, y se hizo a la vela el día 20 de junio de dicho año de 1520.
La ausencia del monarca fue la señal del levantamiento general, que se verificó en las principales ciudades casi en el mismo día, como si para ello se hubiesen concertado. Y era natural que así sucediese; porque siendo comunes los agravios, y habiendo visto desatendidas las justísimas quejas elevadas a oídos del monarca con sumisión y respeto, no pudieron al verle ausentarse reprimir por más tiempo su indignación y enojo. Como las causas del descontento no conmovían solamente a la gente plebeya, sino también a los nobles, que se habían visto humillados por los orgullosos flamencos hasta el punto de reducir a muchos de ellos a la clase de pecheros, y de conseguir del monarca que desairase a la nobleza de Castilla, dejando el reino bajo el gobierno de un extraño, no fue difícil que la llama de la insurrección prendiese en todas partes y se extendiese en un momento. Las resultas de la conmoción popular fueron también casi idénticas en todas las ciudades: irritadas contra los procuradores de Cortes que habían otorgado el servicio, los insultaron y persiguieron, llegando Segovia hasta el exceso de matar a uno de ellos; recelosas y descontentas con las personas que tenían las varas de justicia por el rey, quitáronselas, y eligieron personas de su confianza, bajo el título de Diputados de la Comunidad: cosa muy natural en unas ciudades acostumbradas a nombrar su gobierno municipal; derecho importantísimo, principal causa del impulso de libertad que las animaba para reprimir las demasías del monarca, y para haber puesto coto a los exorbitantes derechos de los señores. El temor de que cundiese este espíritu, tan contrario a sus privilegios, retrajo a muchos de éstos de abrazar el partido de las Comunidades; y los más se retiraron a sus castillos, deseosos de que los pueblos enfrenasen la autoridad real, pero descontentos de que hiciesen tan peligrosa prueba de sus fuerzas y poderío; otros nobles uniéronse a la Comunidad, o por afecto al bien común, o para vengar resentimientos particulares, o para saciar su ambición en medio de tantas revueltas; y aun algunos lo fingieron cautelosamente para ponerse al frente del pueblo y quebrar con maña su ímpetu: Toledo, Segovia, Burgos, Zamora, Madrid, Cuenca y Guadalajara fueron las primeras ciudades que se alzaron y pusieron en armas, mostrándose resueltas a recobrar con la fuerza lo que no pudieran con el apoyo de la razón y de las leyes; debiéndose notar que apenas cometieron uno u otro exceso los pueblos levantados con voz de Comunidad, siendo cortísimo el número de personas perseguidas, de casas derribadas y de insultos cometidos contra la justicia o los nobles, a pesar de que los historiadores se empeñan en abultar algunos desórdenes, irremediables en el primer arranque del furor popular.
Llegó al rey la nueva de estas alteraciones, y conoció ya tarde su desacuerdo en haber irritado a los castellanos; sucediendo entonces, como siempre, que si se levantaban los pueblos para conseguir lo que de justicia se les debe y se les negó con tiranía, no basta ya el concedérselo; porque más parece sacrificio hecho a la fuerza que cumplimiento de obligación o donde generosidad. Olvidó el rey esta importante máxima, y creyó apagar el incendio de las Comunidades accediendo a las principales demandas de Toledo; prometiendo que nunca se darían oficios a extranjeros; que no se cobraría el servicio otorgado en las Cortes de La Coruña a las ciudades que hubiesen perseverado leales, ni a las que se redujesen a obediencia; y que las rentas reales se darían por encabezamiento, como estaban en tiempo de los Reyes Católicos, y no por pujas exorbitantes, tan odiadas del pueblo. Estas concesiones, que dos meses antes hubieran evitado los horrores y escándalos de la guerra civil, parecieron ya, por tardías, indicios de flaqueza o lazos de asechanza; contribuyendo, no poco a alzar a Castilla en manifiesta insurrección la conducta del Consejo Real, que, reunido en Valladolid con el cardenal gobernador, y tan poco apto para manejar el timón del Estado en tiempos borrascosos, como había sido poco justo para aconsejar en la calma al monarca, determinó que se enviase para castigar a la ciudad de Segovia, la más desmandada en su levantamiento, al alcalde Ronquillo, célebre por su dureza e imprudente severidad, acompañándole mil hombres de a caballo, odioso e inútil aparato para hacer justicia, y corto apresto militar para sujetar por fuerza de armas. Amenazada Segovia, y viendo ya dada la señal de la guerra, envió a pedir socorro a Toledo y a las demás ciudades alzadas, seguidas ya de Toro, León, Ávila y Murcia; en tanto que Ronquillo, hallando cerradas las puertas de la ciudad, asentaba juntamente su campo y tribunal a seis leguas; y manejando con igual desacierto que dureza la lanza guerrera y la vara de justicia, ora requiriendo y echando pregones, ora talando campos, interceptando bastimentos y ahorcando algunos infelices, ni causó respeto, ni infundió temor, ni logró más que acelerar el rompimiento de la guerra civil. Que apenas supo Toledo el peligro de Segovia, cuando envió tropas en su socorro, al mando de Juan de Padilla, y lo mismo hizo la villa de Madrid; empezándose entonces el concierto y trato entre todas las ciudades de voto en Cortes, para que, reunidos sus procuradores, tratasen de averiguar los males que trabajaban el reino, y de pedir al emperador su pronta y radical curación. Ávila fue la ciudad elegida para la reunión concertada, y donde se instaló la Santa Junta, compuesta de los procuradores de todas las ciudades de voto en Cortes, excepto las de Andalucía.
Al mismo tiempo que se reunía esta junta para tener una autoridad que diese acertado rumbo a los negocios, caminaban las tropas de Toledo y Madrid a unirse en El Espinar con las gentes de Segovia; y juntas todas ellas, moviéronse contra Ronquillo, que débil para hacer frente, comenzó a retirarse. Sabida por el cardenal gobernador esta retirada, mandó al capitán general Antonio de Fonseca que fuese en su socorro con cuanta gente de a pie y de a caballo pudiese haber; y que sacando la artillería reunida en Medina del Campo, marchase a sojuzgar a los inquietos y a domar la altivez de Segovia. Salió, en efecto, Fonseca, aunque con disimulo por no exasperar los ánimos de Valladolid, irritados ya contra el cardenal y el consejo; y reunido en Arévalo con Ronquillo y su gente, se encaminaron a Medina del Campo, con intento de sacar por fuerza la artillería, si no les fuese presentada de grado.
Firmes los de Medina en la heroica resolución de no prestar armas para oprimir a sus vecinos, ni se dejaron intimidar por las amenazas ni seducir por las promesas; y negándose abiertamente a entregar la artillería, colocáronla en las bocacalles, para usar en su defensa de aquellas mismas armas destinadas contra sus hermanos. Viendo Fonseca que las intimaciones eran infructuosas, mandó a sus tropas que embistiesen y entrasen por fuerza a apoderarse de la artillería; mas no contó con el valor de un pueblo resuelto a perecer por sostener su propósito; y así, rechazado y sin esperanzas de lograr su intento, mandó el general poner fuego a algunas casas, para que amedrentados los habitantes y corriendo a libertar sus haciendas y vidas, aflojasen en la defensa. Comenzó a arder Medina; cundiendo el incendio con tal ímpetu y voracidad, que calles enteras, plazas y monasterios quedaban abrasados por momentos; en tanto que los moradores, como si sus casas fuesen de enemigos, y mirando más por la honra que por la vida de mujeres e hijos, que perecían entre las llamas, veían imperturbables cundir el incendio, sin cuidar de atajarle ni distraerse un punto de defenderse contra los crueles sitiadores. Desesperados éstos, cargados de remordimientos y de infamia, y sin haber conseguido su intento, se retiraron con vergüenza, dejando abrasada la mayor parte de Medina, quemadas inmensas riquezas, almacenadas allí para la próxima feria, y causando la ruina de aquel heroico pueblo y de muchos hacendados y mercaderes de todo el reino.
Los vecinos de Medina, más encendidos con el resentimiento de su agravio que pesarosos de la quema de su villa, escribieron a las principales ciudades una sencilla relación de su desgracia, capaz de arrancar lágrimas al más empedernido; y pidieron a la junta de Ávila y a los capitanes de los comuneros que viniesen en su socorro y se aprestasen a auxiliarlos para tomar una pronta y tremenda venganza. El mismo deseo se apoderó de casi todas las ciudades del reino, hasta tal punto que Valladolid mismo se levantó en Comunidad, y amenazó al cardenal y consejo; los cuales, dudosos e irresolutos, desaprobaron la conducta de Fonseca, protestando que no tenía orden de cometer tal atentado, y le mandaron licenciar el ejército. Fonseca y Ronquillo, viéndose proscritos por el odio general, abandonaron a España y partieron para Flandes a buscar acogida en el emperador, que ya tenía levantadas contra su gobierno, no sólo ambas Castillas, sino Galicia, Asturias y Vizcaya.
Los capitanes Padilla y Zapata, con la gente de Toledo y Madrid, llegaron a Medina el día siguiente al de su incendio, miércoles 22 de agosto de 1521, cobrando nuevos bríos con la vista de tan triste espectáculo y de crueldad tan inaudita; y sacando la artillería, entraron de allí a algunos días en la villa de Tordesillas, donde se hallaba la reina doña Juana, en cura por su demencia, según unos, y en reclusión, tratada con abandono y dureza, si se ha de creer a los comuneros. Padilla y los demás capitanes presentáronse a S. A., que los recibió con afabilidad y agasajo; y manifestándole los males que agobiaban al reino, la ausencia de su hijo y la guerra civil ya encendida, rogáronle prestase su autoridad, para que a su nombre y el del rey gobernasen estos reinos los procuradores de las ciudades, que se hallaban reunidos en Ávila, y se tratase de poner término a tanta calamidad. Convino en ello la reina; y así lo publicaron los comuneros con testimonios judiciales; si bien es verdad que sus contrarios aseguran que nunca pudieron convencerla a que firmase cartas ni provisiones; y que su condescendencia y aprobación nacían meramente de su apacible carácter falta de juicio. Lo cierto es que el día 10 de septiembre ya se hallaban reunidos en Tordesillas todos los procuradores del reino, gobernándole a nombre de la reina y del rey, sus señores, usando del real sello, y con todo el influjo moral que debía tener en una nación, acostumbrada al régimen monárquico, el ver al frente del partido popular a una persona que aun ocupaba el trono en compañía de su hijo, y que no menos por sus desgracias que por los recuerdos de su madre doña Isabel, ídolo de los castellanos, era objeto de su veneración y cariño.
Reunida así la representación de casi todas las ciudades de voto en Cortes al influjo del trono, y alejada toda sospecha de querer negar la obediencia al monarca, obligando la junta a los procuradores a repetir el juramento sagrado de fidelidad, se fortaleció hasta un punto increíble el bando de las Comunidades. Si hubiesen elegido un gobierno más a propósito que el de una junta numerosa, poco apta para regir el Estado en tiempos de revueltas, y tan falta de concierto interior, como plagada de las semillas de discordia que engendran los celos de los particulares y las rivalidades de las provincias; casi seguro era que hubieran acabado de desatentar a sus débiles enemigos, que escasos de fuerzas y desconceptuados con los pueblos, ni sujetar podían ni ofrecer condiciones de reconciliación. Porque era tal el crecimiento que habían tomado las Comunidades, que apenas había ciudad o villa que no se hubiese alzado en su nombre: hiciéronlo así Palencia, Alcalá de Henares, Jaén, Úbeda, Baeza, Cáceres y Badajoz; mientras que Burgos, Salamanca, Ávila y León levantaban gentes y las mandaban con sus capitanes. Sólo la Andalucía, no contenta con permanecer tranquila y neutral en contienda de tamaña importancia, formó la Junta llamada de la Rambla, donde los diputados de las más de sus ciudades plantearon una liga para mantenerlas sumisas, ofreciendo al emperador contribuir cuanto pudiesen a apaciguar el levantamiento de Castilla.
Ni debe parecer extraño que así sucediese; porque Granada, sin ser aún más que una mezcla confusa de conquistadores y conquistados, y destrozada por la persecución que la avaricia y la superstición fomentaban contra la mayor y más rica parte de sus moradores, era mala apreciadora, de la libertad, que no había gustado, y no podía tener ánimo para sustentarla; y el reino de Sevilla, oprimido por la desmedida preponderancia de la casa de Medina Sidonia, apenas manifestó con una leve conmoción en la capital que no era del todo insensible al deshonor que le amagaba por su indiferencia hacia el bien general de la patria.
Aunque en esta época se veía en su mayor robustez y grandeza el bando de la Comunidad, ya por otra parte empezaban a manifestarse los presagios de su decadencia y ruina en la desunión de la nobleza y del pueblo. Si hubiese habido concierto y hermandad entre ambas clases, y hubieran trabajado de consuno para poner coto al poderío de los reyes, no cabe duda de que lo habrían conseguido; y de que un régimen templado, semejante al que ha hecho libre y feliz a Inglaterra, nos hubiera ahorrado tres siglos de servidumbre y de desdichas1. Pero por desgracia, el egoísmo y ambición de los grandes señores, y la imprudencia y falta de política de parte de los comuneros, hicieron que la nobleza se declarase contra la causa de la libertad, prefiriendo ayudar al monarca para oprimir a los pueblos, aun con peligro de sus propios privilegios, a la grata satisfacción de renunciar algunos de ellos para gozar de la felicidad común. El levantamiento contra sus señores de algunas ciudades y villas, que no pudieron dejar de comparar su opresión y pobreza bajo el yugo feudal con el estado próspero y floreciente de las ciudades libres; la imprevisión con que los comuneros restituyeron a alguna u otra ciudad las villas y lugares que antes les pertenecieran, diciendo: que habían sido despojadas por los reyes pasados, y dados a los caballeros que tiránicamente los poseían; las peticiones de algunos diputados de la Santa Junta, que pretendían que en Castilla todos contribuyesen, todos fuesen iguales y todos pechasen; en fin, otras mil circunstancias que lastimaron el orgullo de la altiva nobleza, todo contribuyó a que mirase ésta con ceño el levantamiento de los castellanos, y advirtiese que, si no se unía al monarca y le prestaba sus fuerzas, el pueblo estaba dispuesto a labrar su felicidad, no menos con la disminución de los excesivos privilegios de los señores, que con la justa templanza de la potestad de los reyes.
Contribuyeron también en sumo grado a empeñar a la nobleza contra el bando de las Comunidades, los despachos del emperador, llegados por los mismos días, en que nombraba por gobernadores de estos reinos, juntamente con el cardenal, al condestable de Castilla y al almirante, que a la sazón se hallaban en Cataluña; con lo cual, satisfecho el desaire que había sufrido la nobleza castellana con la preferencia dada a un extranjero, y confiado el mando de capitán general al conde de Haro, hijo del condestable, cobró aliento y bríos la desmayada causa del rey Carlos.
Entretanto, los comuneros, llevados de una mal entendida benignidad, muy frecuente en las juntas populares y propia del carácter de la nación, se contentaban con deshacer el consejo que se hallaba en Valladolid, dejando en libertad a sus individuos, y sin más que apercibirlos, lo mismo que al cardenal gobernador, para que no siguiesen ejerciendo la autoridad real.
Por esta misma época escribió la junta una carta al emperador refiriéndole lo acaecido en estos reinos; y protestándole que el mejor servicio de su persona y el deseo de afianzar el cumplimiento de las leyes fundamentales habían causado el levantamiento de los castellanos, siempre leales a su monarca y ansiosos de que se remediasen los males públicos, a cuyo fin se estaba extendiendo una representación a S. M., que, si mereciese su aprobación, restituiría el temple y vigor a las enflaquecidas leyes, y atajaría para lo porvenir la arbitrariedad y los abusos.
Esta representación, dividida en 118 capítulos, tenía por objeto: 1.º, pedir la vuelta del rey, y que revocase el poder dado a los gobernadores, perdonando las demasías de los pueblos y aprobando su conducta, por haber sido para mejor servicio suyo y bien general de estos reinos, sin intentar jamás pedir al Papa que le absolviese de la obligación de cumplir lo que pactase con sus pueblos, según las torcidas opiniones que en aquellos tiempos cundían acerca de la autoridad pontificia; 2.º, cerrar la entrada al influjo extranjero, mandando revocar las cartas de naturaleza dadas; prohibiendo conceder ningún oficio ni cargo sino a naturales de estos reinos; vedando al monarca el casarse sin consentimiento de las Cortes, o permitir la entrada en el reino de tropas extranjeras, bajo ningún pretexto; 3.º, afianzar la libertad y el respeto debidos a las Cortes, previniendo que las ciudades enviasen a ellas sus procuradores por libre elección, exenta del influjo del Gobierno; que cada brazo o estado nombrara por sí un procurador; que éstos no pudiesen recibir ningún cargo ni merced del monarca, para sí ni para su familia, bajo pena de muerte y de perdimiento de bienes; que no cobrase el servicio concedido en La Coruña, ni se otorgasen otros en lo sucesivo; que cada tres años se reunieran las Cortes, sin necesitarse la convocación del monarca, a fin de que cuidasen de la observancia de las leyes y de los capítulos acordados, pudiéndose reunir libremente los procuradores, sin que el rey les nombrase presidente, que les impidiese cuidar del bien de la república; 4.º, aliviar al pueblo, suprimiendo empleos, estableciendo economía en los gastos de palacio; arreglando las posadas o alojamientos, previniendo que las contribuciones se diesen por encabezamiento y no por pujas; 5.º, minorar la preponderancia de la nobleza, mandando que ningún grande pudiese tener en la casa real oficio que tocare a la hacienda y real patrimonio; que se revocasen las donaciones de villas y lugares, de rentas y servicios, mandadas restituir por el testamento de la reina doña Isabel, y las hechas después de su muerte; que el rey ni sus sucesores no pudiesen enajenar bienes de la corona; que no se diesen tenencias ni alcaldías a señores de título y estado; que siendo en daño de los pecheros el gran número de cartas y privilegios de hidalguía, no pudiesen concederse en adelante, ni valieran los datos después del fallecimiento de dicha reina; 6.º, arreglar la administración de justicia, pidiendo al rey que despidiese los malos consejeros que tenía; que ordenase visita de los tribunales de cuatro en cuatro años; que no pudiese por cédulas de privilegio trastornar la forma de los juicios; que diese los cargos de justicia por merecimiento, y no por favor; que no enviase corregidores a las ciudades y villas, sino pidiéndolo ellas, pues les bastaban los alcaldes ordinarios; que se arreglasen las apelaciones, y los jueces de revista fuesen diferentes de los que pronunciasen la primera sentencia; que no se señalase a ningún juez salario ni ayuda de costa de bienes confiscados; 7.º, poner linde a los abusos de la autoridad eclesiástica, prohibiendo publicar bulas ni indulgencias sin permiso de las Cortes; estableciendo cierto arreglo en su predicación, para que no se forzase a los vecinos a tomarlas ni se les apremiase con excomuniones; habiéndose de emplear los dineros que de ellas se sacasen en los objetos para que fuesen legítimamente destinados; vedando a los jueces eclesiásticos exigir más derechos que los que se acostumbraban en los Juzgados Reales; y castigando a los prelados que no residiesen en sus diócesis la mayor parte del año, con pérdida a prorrata de los frutos; 8.º, proteger el aumento de la riqueza nacional, fijando el valor de la moneda, y por medio de leyes exclusivas, según las ideas que entonces se tenían de economía política; 9.º, ordenar la recta administración del Estado, prohibiendo la venta de oficios, y el dar expectativas durante la vida de los que en la actualidad los desempeñasen; mandando que ni jueces ni regidores pudiesen tener más de un oficio; que se tomase residencia a cuantos hubiesen manejado en los últimos tiempos varios ramos de Hacienda pública; que se cuidase de redimir los juros vendidos al quitar, volviendo el precio de su enajenación; y se prohibiera al monarca hacer donaciones de bienes que no hubiesen venido aún a su poder, y menos de los que hubiere pedido, como pertenecientes a la corona real, sin haberse pronunciado todavía sentencia contra los poseedores; en fin, que se estableciesen cuantas reglas dictase la sana política, amaestrada con los recientes males y desengaños, para impedir que en lo sucesivo se repitiesen.
No es posible omitir dos observaciones, que saltan a la vista del menos reflexivo apenas lea los anteriores capítulos: una de ellas es que la nación española tiene la gloria de haber sido la primera que mostró en Europa tener cabal idea de monarquía templada, en que se contrapesen todas las clases y autoridades del Estado; y esto en una época en que la Francia, que quiere apellidarse maestra en ciencia política, había ya casi perdido la memoria de sus Estados generales; y en que Inglaterra, con iguales pretensiones a tan pomposo título, se hallaba tan atrasada en la carrera de su libertad, que tardó más de un siglo en alzarse al punto de saber en aquella sublime ciencia, que era común en España por el tiempo de las Comunidades. La otra observación es, que el modo de juzgar imparcialmente en esta gran contienda entre una nación y su monarca, no es atender a hechos particulares, a acusaciones recíprocas ni a demasías cometidas por uno y otro partido; sino meditar los capítulos propuestos por la junta para que sirviesen de ley perpetua o fundamental del reino, y ver en ellos la justicia de las peticiones de los castellanos y la tiranía con que el emperador se negó a otorgarlas; llevando a tal extremo su rigor, que a duras penas pudo salvar la vida el mensajero encargado de entregarle la carta de las Comunidades, y diérase por contento de que le encerraran en un castillo; con cuyo atropellamiento no osaron presentarle los capítulos los comisionados de la junta, que llegaron a Bruselas con este propósito y desistieron de seguir hasta Vormes.
Ni fue ésta la única muestra que dio el emperador de aspirar a un dominio absoluto, desembarazado de todo freno; antes, por el contrario, hizo que se pregonasen por traidores los promotores de las Comunidades, mandando que fuesen juzgados sin proceso ni tela de juicio, sin emplazarlos ni oírlos, anulando las leyes en contrario, usando de su poderío real absoluto como señor natural de estos reinos.
En tanto los gobernadores, queriendo reducir a los comuneros por fuerza de armas, trabajaban en levantar gentes; convocaban a los nobles, dispuestos ya por su propio interés a ayudar al monarca; pedían dineros, traían socorros de Navarra; y conseguían del rey de Portugal que prestase cincuenta mil ducados, y concurriese a esclavizar a Castilla, como si no le bastase el haberse negado a patrocinar su libertad. Al mismo tiempo que se fortalecía el bando de los gobernadores con la llegada de caudales y gente de guerra, lograba el condestable entrar en la ciudad de Burgos, seduciéndola con promesas de traer la aprobación del emperador para ciertos capítulos concertados; mientras que el cardenal, fugado de Valladolid y unido con algunos consejeros, rehacía en Medina de Rioseco la descompuesta máquina del Gobierno, de acuerdo con el condestable y su hijo, el conde de Haro, que se hallaba reuniendo el ejército en la villa de Melgar.
No se descuidaban por su parte los comuneros en aprestarse a la defensa, pidiendo socorros a las ciudades y villas alzadas y nombrando por capitán general a D. Pedro Girón, primogénito del conde de Ureña, creyendo por este medio atraerse a los nobles, y amenazando con la nota de traidores a los que no patrocinasen la Comunidad. Mas este nombramiento, de que tanto bien se prometían, no causó más efecto que disgustar a D. Juan de Padilla, que volviose a Toledo, o por rivalidad o por hallarse en grave riesgo la vida de su mujer; con cuya ausencia se desbandó mucha de la gente reunida, y se prepararon las desgracias que poco después sobrevinieron.
A punto de rompimiento estaban ya ambos partidos, cuando llegó el almirante adonde el consejo se hallaba; y ora por amor a la paz, ora por enflaquecer con dilaciones y arterías el bando de los comuneros, logró entrar en trato con ellos, viniendo a Torrelobatón tres o cuatro procuradores de la junta, que malgastaron algunos días en tantear medios de concordia; hasta que cerradas todas las vías de reconciliación (difícil de ajustarse entre pueblos cansados del sufrimiento y un príncipe codicioso de poderío desmesurado) empezaron a moverse los ejércitos de una y otra parte.
El de las Comunidades se presentó delante de Rioseco a fines de noviembre, y allí perdió algunos días en hacer alardes, trabar escaramuzas y presentar batalla al ejército de los grandes, que no quiso aventurarla hasta la llegada del conde de Haro, que traía refuerzos de gente escogida, con cuya reunión y hecho más poderoso el ejército de los gobernadores, dudaron si convendría entretener la guerra sin arriesgar combates, y sólo molestando al contrario con rebatos y correrías, o moverse contra él con ánimo de pelear, como al fin resolvieron. Mas a tiempo que ya D. Pedro Girón, viendo su gente escasa de mantenimientos, había movido el campo hacia Villalpando, villa cercada que le abrió sus puertas y entregó su fortaleza, por ser él sobrino del condestable, su señor.
No bien supo el conde de Haro el camino que llevaba el ejército de la Comunidad, cuando resolvió aprovechar la ocasión, que la imprudencia o la traición de su caudillo le ofrecía, para libertar a la reina; a cuyo fin dividió en dos trozos el ejército, y cayó sobre Tordesillas a principios de diciembre. Defendían la villa, en custodia de la reina y de la junta, algunos caballeros con gente de a pie y de a caballo y los cuatrocientos clérigos que había traído para pelear en defensa de la libertad el célebre Acuña, obispo de Zamora, cuyo temple de alma, superior a todos los trances de fortuna, le hacía sobrepujar en su vejez el arrojo y denuedo de la juventud más lozana. Con tan buena defensa, y resuelta a seguir el ejemplo de Medina, la villa de Tordesillas no escuchó ninguna propuesta de los sitiadores, antes se apercibió a resistir a todo trance; y dada la señal de combate, comenzó con tal encarnizamiento la embestida de la villa, y fueron tantas las muertes y el destrozo del ejército de los gobernadores, que los más de los caballeros desesperaron del buen éxito de la empresa y aconsejaron retirarse. Pero el conde de Haro, sin aflojar de su propósito después de cinco horas de experimentar la resistencia más obstinada, descubrió un portillo por la parte de la villa más descuidada de los sitiados; y haciendo entrar por él a algunos soldados atrevidos, con gran ruido de cajas, tomó posesión de una parte del muro, y comenzó a trabarse dentro de la villa la más ciega pelea, con tal heroísmo de los sitiados, que pegaron fuego a algunas casas para detener el ímpetu de los enemigos. Mas todo fue en vano: ya habían entrado en la villa muchos caballeros y gente de guerra, habían preso a nueve o diez individuos de la junta (que no pudieron fugarse como los demás) y se hallaban apoderados de la persona de la reina.
Golpe mortal fue para las Comunidades la rendición de Tordesillas: deshecha la junta, perdida la autoridad que le daba el obrar a nombre y por mandamiento de la reina, desanimado el ejército, descontentos los pueblos y, sobre todo, esparcida la desconfianza y discordia entre los caudillos y capitanes, todo anunciaba el desconcierto y peligro de la Comunidad. Era tal el descrédito de Girón y la insubordinación de su ejército, que lo viera desbandarse al primer encuentro o penalidad que sufriera, si no lo llevara a la ciudad de Valladolid, de donde saliose él cautelosamente, y se pasó al bando de los gobernadores, abandonando un partido que había abrazado por ambición, y que vendió traidoramente, según voz pública de aquellos tiempos y el testimonio casi unánime de los historiadores.
Tantos desastres juntos bastaran a deshacer cualquier partido menos firme y resuelto que el de las Comunidades; pero eran castellanos los que le sostenían, y era la libertad la que los alentaba. Así es, que apenas se reunieron en Valladolid los miembros de la junta fugados de Tordesillas, y los que habían ido en el ejército como celadores de la conducta de Girón, cuando tomaron las riendas del Gobierno, escribieron a las ciudades y villas para que reparasen las recientes pérdidas, y mandaron llamar a Juan de Padilla, quien apenas lo supo partió sin demora con la gente de guerra que tenía reunida, a pesar de hallarse en el corazón del invierno, y llegó a Valladolid a reanimar con su presencia las esperanzas de Castilla. Encargado del mando del ejército por voz y deseo general de las tropas y del pueblo, (aunque la junta estaba inclinada a encomendarlo a D. Pedro Laso, que nunca perdonó este desaire), ordenó Padilla su ejército y lo extendió por la comarca de Valladolid, donde fueron frecuentes las escaramuzas con las tropas de los gobernadores, haciéndose unos y otros gran daño, talando campos, tomando villas y lugares, y sin escuchar nunca palabras de paz, a pesar de haber venido a esta sazón un legado del Papa y un enviado del rey de Portugal a tentar medios de concordia.
Tomaba vuelo segunda vez la causa de la Comunidad: a su nombre se habían levantado las merindades de Castilla la Vieja, capitaneadas por el conde de Salvatierra y por otros caballeros principales; el reino de Toledo, más alterado que nunca, mantenía tan encendida la guerra en toda Castilla, que determinaron los gobernadores mandar para reducirle al prior de San Juan con buena copia de gente; y al mismo tiempo la ciudad de Burgos, viendo que no habían sido aprobados por el emperador muchos de los capítulos concertados con el condestable, se rebelaba contra él y le ponía en tal estrecho, que hubo de reunir caballeros y gente de guerra para mantenerse en la ciudad y tomar posesión del alcázar.
En este estado se hallaban las cosas de estos reinos a principios del año de 1521; y aumentado el ejército de los comuneros con los socorros de varias ciudades, determinó Padilla emprender alguna acción que le ganase crédito y nombradía; con cuyo ánimo movió el campo y lo asentó sobre Torrelobatón, villa del almirante bien fortificada y provista, a corta distancia de Tordesillas, donde tenían los enemigos la mejor parte de su ejército. Inútil fue la obstinada defensa de la villa y la llegada del de Haro en su socorro: a los tres días de las más recias embestidas y con grave pérdida de los combatientes, fue entrada la villa y puesta a saco por la tropa de la Comunidad.
Ufano Padilla con el triunfo, celebrado con grande alegría por todas las ciudades comuneras, determinó alojar allí su ejército, creyendo reducir al mayor apuro el del rey cortándole los caminos y quitándole los bastimentos; pero no conoció el ardid de los gobernadores, que, viéndose flacos en opinión y fuerza, y cercados de ciudades enemigas, insistieron con ahínco en volver a entablar los tratos de paz, interrumpidos con la toma de Torrelobatón, y alcanzaron de la junta una tregua de ocho días, que empezó a correr desde el primero de marzo. Algunas dificultades se allanaron en este breve término con intervención del enviado de Portugal, y tratando por parte de los comuneros D. Pedro Laso, a quien acusan de perfidia sus contemporáneos, cuya sospecha justificó después con su traidora fuga a Tordesillas. Mas todas las negociaciones fueron infructuosas; porque los gobernadores sólo ofrecían instar al emperador para que otorgase algunas peticiones de los comuneros; y éstos, desconfiando de promesas tantas veces quebrantadas, pretendían que se obligasen los grandes y señores a sostener con armas las justas demandas que el rey denegase; y que en prueba de sinceridad y buena fe, les diesen por rehenes algunas fortalezas y personas principales.
Rota al fin la mal guardada tregua, (que no produjo a los comuneros sino gran desbandada de gente, o ya enriquecida con el saqueo o descontenta por falta de paga), trabose de nuevo la guerra con frecuentes salidas y escaramuzas, pero sin reencuentro ni cosa notable. Padilla, o sobradamente afecto a conservar lo que había ganado, o quizá no previendo los riesgos a que su inacción le exponía, o lo que es más verosímil, esperando los socorros de gente de varias ciudades y algún caudal para poder salir en campo, se contentaba con inquietar a los enemigos; y los gobernadores, viendo menoscabado el ejército de los comuneros, compuesto de siete mil infantes y cuatro mil caballos, trataban sólo de reunir el suyo, viniéndose el condestable de Burgos con la gente que allí tenía. Lograron, en efecto, la meditada reunión, llegando el condestable a Peñaflor, cerca de Valladolid y no lejos de Tordesillas, de donde salieron a unírsele el almirante y los grandes, dejando buen presidio en la villa en guarda de la reina; y junto ya el ejército, hicieron reseña de él, y vieron que llegaba a más de seis mil infantes escogidos y dos mil cuatrocientos de a caballo, sin otros mil y quinientos que después se les reunieron.
Fiado en la aventajada calidad de sus tropas, no menos intentó el conde de Haro que cercar a Padilla en Torrelobatón; mas apercibido éste de su peligro, y conociendo su falta en haber permanecido dos meses en dicha villa, resolvió con los demás capitanes marchar prestamente, enderezándose hacia Toro, con ánimo de esperar allí los socorros que debían llegarle. Tomado este acuerdo, salieron los comuneros de Torrelobatón antes del amanecer del día 23 de abril, dispuesto en buen orden su ejército, que cerraba Padilla con la caballería para detener a los imperiales, que adelantaban a la suya en su seguimiento. El de Haro, que iba al frente, dejando atrás la infantería, picaba vivamente la retaguardia del ejército de los comuneros, sin poder desconcertarlos en más de dos leguas; hasta que, dando vista a Villalar, resolvió atacarlos, notando algún desorden en su vanguardia, y creyendo que la lluvia que les daba en el rostro y el lodo a la rodilla, les impedirían pelear a ley de buenos soldados. Acometió el conde con denuedo, sin recibir mayor daño de la artillería de los comuneros, ora por impericia, ora por traición, como algunos pretenden; y rompiendo a duras penas la caballería enemiga, digna por su valor de más próspera suerte, dio sobre la infantería, que, desbaratada y confusa, se puso en vergonzosa huida. Quinientos de los comuneros habían ya perdido la vida, y la fuga de su infantería ponía fuera de duda su total vencimiento, cuando Padilla, seguido de los más esforzados capitanes, repitiendo su nombre y apellidando libertad, se arroja a los enemigos, penetra por sus cerrados escuadrones, arranca de la silla con su lanza al insigne vizconde de Valduerna, atraviesa con ella a un escudero, y corre en busca de la muerte, ya que no del triunfo; hasta que, al fin, estrechado por todas partes, quebrada la lanza y sin uso la espada, herido y sin fuerzas, cayó el valiente caudillo, y se rindió a sus contrarios juntamente con otros capitanes.
La misma noche del aciago 23 de abril, día tan funesto a la libertad castellana, intimaron la sentencia de muerte a Padilla y a sus compañeros, aun no descansados de la refriega; y al día siguiente le sacaron a ajusticiar, lo mismo que a Juan Bravo, capitán de Segovia, y a D. Francisco Maldonado, que lo fuera de Salamanca, suspendiendo, por algún tiempo la muerte de D. Pedro Pimentel, de la misma ciudad.
Cercano ya a su postrera hora, escribió Padilla dos cartas, que no pueden leerse sin acongojarse el corazón: una tiernísima, dirigida a su mujer, cuya pena le lastimaba más que su muerte, y con un sentido recuerdo de su padre Pedro López, adelantado mayor de Castilla, que siempre había seguido la causa del rey Carlos; y otra, escrita a Toledo, su patria, con ánimo tan levantado y expresión tan valiente, que muestra la heroicidad de aquel caudillo, ufano de la gloriosa muerte que le aguardaba. Caminaba a ella tranquilo, aliviado con los consuelos de una conciencia pura y de una Religión santa, cuando al publicar el pregonero que los condenaban por traidores, oyó a Juan Bravo replicarle con indignación: «Mientes tú y quien te lo mandó decir; traidores no, mas celosos del bien público sí, y defensores de la libertad del reino»; a lo que contestó Padilla con serenidad y templanza: «Señor Juan Bravo, ayer era día de pelear como caballeros, y hoy de morir como cristianos». Llegaron en esto al lugar del suplicio, y allí entrambos amigos se disputaron la honra de morir antes por la libertad: «Degüéllenme a mí primero -gritaba enternecido Juan Bravo-, porque no vea la muerte del mejor caballero que queda en Castilla»; y así fue ejecutado. Después llevaron a Padilla a la picota, y al ver a su amigo sin vida: «¿Ahí estáis vos, buen caballero?», dijo con profundo dolor; y rogó al verdugo que le apresurase la muerte.
Así acabaron estos caudillos; y la nueva de su castigo y de la rota de Villalar, extendida velozmente por toda Castilla, causó tal espanto y desmayo en las ciudades levantadas, que todas se allanaron al rey y rogaron el perdón a sus gobernadores; pasando el ímpetu de las Comunidades, según la hermosa frase de un historiador, como furiosa avenida de nublado repentino.
Sólo la ciudad de Toledo no vaciló un punto en su propósito; y era tan brava y cruel la guerra que, en este reino mantenían las gentes del prior de San Juan, encargado de reducirle, y las del obispo de Zamora, empeñado en su defensa, que cada día se aumentaba el encarnizamiento de entrambos partidos. Ni la destrucción de varias villas y lugares, ni el incendio de la iglesia de Mora, donde pereció gran número de personas, ni la ausencia del obispo Acuña (que fue cogido después y preso hasta la venida del emperador, que mandó darle garrote) fueron bastantes a desanimar a Toledo, alentada en su firme resolución por la entrada de los franceses en el reino de Navarra, y por las alteraciones de la Germanía de Valencia.
Increíble parece que en una ciudad tan alborotada como estaba a la sazón Toledo, una mujer sola, la viuda de Padilla, desamparada de todos y sin más autoridad que la que le daba su grandeza de ánimo, se granjease tal amor y respeto, que todos la acataban, no como a mujer, más como a varón heroico. Tirana de Toledo la llama un historiador, no hallando otro nombre para expresar el sumo poderío que en aquella ciudad ejerciera; llegando éste a tal punto, que nada se resolvía sin su acuerdo ni se ejecutaba sin su mandato. Con mostrar al hijo del malhadado Padilla y presentarse al pueblo, aplacaba su furor en los tumultos, sostenía su constancia en la adversidad, le alentaba en el abatimiento y le conducía al heroísmo. A hechicería de su esclava tuvieron que atribuir sus enemigos el predominio que tenía en todos los corazones; y valiéndose de la credulidad del pueblo, trataron de robarle su amor, persuadiéndole tan torcido concepto, para que no sucediese, ni una sola vez, que dejase la superstición de perseguir con calumnias a los promovedores de la libertad. Tan amante de ésta como enardecida con el deseo de vengar a su esposo, la viuda de Padilla, sobreponiéndose a las flaquezas de su sexo y al quebrantamiento de su salud, cuidaba de la defensa de Toledo, ordenando frecuentes salidas para entrar mantenimientos, que escaseaban mucho por haber los enemigos adelantado su real hasta el monasterio de la Sisla, al mediodía de la ciudad, para aquejarla con el hambre y estrechar más su cerco. Con varia suerte pelearon durante el asedio combatientes y combatidos, hasta que, como saliesen éstos un día en busca de provisiones, dieron tan de repente sobre el real enemigo, que lo entraron por fuerza, desbaratando su gente y poniéndola en fuga. Pero como poco sujetos a la disciplina de la guerra, se entregaron al robo tan desordenadamente, que apercibiéndolo el prior de San Juan y otros caballeros, reunieron algunos soldados ya recobrados del espanto, y acometieron a los comuneros con tal ímpetu y presteza, que sin ser parte a defenderse perecieron muchos, y otros corrieron a la ciudad llevando consigo la confusión y el miedo.
Grande fue el desmayo de los moradores de Toledo al saber el destrozo de los suyos; y sin que nada les contuviese, trataron con el prior la entrega de la ciudad y recibir justicia por el rey, con tal de que se concediese perdón a cuantos en Toledo se hallasen, y no se exigiesen alcabalas ni otros derechos hasta que debidamente se examinaran las cédulas de exención que la ciudad tenía.
Bajo estas condiciones, que prometió el prior traer confirmadas por el rey, se concertó la paz por el mes de septiembre de 1521; mas aunque parecía la ciudad sosegada, y tornaron a ella los que se habían ausentado por temor de las alteraciones, comenzaron a suscitarse rencillas y desavenencias entre éstos y los que se habían quedado, los cuales se gloriaban de que a ellos se deba el recobro de alguna libertad; estando siempre tan inquietos los ánimos y tan ligeros de poner en armas, que por todas partes amenazaban nuevos y peligrosos disturbios.
En este estado de zozobra permaneció algunos meses Toledo, mediando frecuentes tratos entre un comisionado del prior y la viuda de Padilla, que demandaba algunas cosas justas, pero no estipuladas en los conciertos de paz, que al fin vinieron confirmados por el emperador. La noche antes de publicarse esta confirmación, con la cual creían que el pueblo consentiría el yugo, salió por la ciudad un tropel de gente gritando: Padilla y Comunidad, a cuyas voces se conmovió Toledo, llegando a punto de pelear uno y otro partido. Mas, recobrado el sosiego, no se contentaron el prior y el arzobispo de Vari con pregonar al día siguiente, 3 de febrero de 1522, lo concedido por el emperador, sino que, para buscar pretextos de oprimir al pueblo y de castigar a los malcontentos, dispusieron sacar a ajusticiar a un infeliz, cogido en el pasado tumulto, con lo cual se volvió a alterar la ciudad, saliendo muchos a libertar por fuerza al reo en el acto de conducirle al suplicio. Prevenida y dispuesta ventajosamente, la gente del arzobispo acometió a los amotinados al desembocar por las estrechas calles; y después de dispersarlos, con algún derramamiento de sangre, cercó por todas partes la casa de la viuda de Padilla, donde ella se defendió con los más esforzados de su bando, hasta entrada la noche, con la singular ventura de lograr salir encubierta, y refugiarse en el vecino reino de Portugal.
Con la ida de esta mujer heroica acabó la guerra de las Comunidades, llevando a tal extremo su encono los que habían triunfado a nombre del rey, que quitaron la vida a algunos de los perdonados, culpándoles de los recientes alborotos; y mandaron derribar las casas de Juan de Padilla, sembrarlas de sal y levantar un padrón de infamia. ¡Tanto puede el odio de los esclavos contra los amantes de la libertad!
Nota
El autor ha consultado para este bosquejo histórico las siguientes obras: Crónica del Emperador D. Carlos, por Pedro Mexía. MS. -Relación de lo que pasó en estos reinos después de la muerte del rey D. Fernando hasta que se acabaron las Comunidades, su autor Pedro de Alcocer, escritor contemporáneo, vecino de Toledo. MS.-Sandoval, Vida y hechos del emperador Carlos V.-Epítome de la vida y hechos del emperador Carlos V, por el conde de la Roca. -Robertson's History of the reign of the Emp. Charles V.-Vita del invittissimo è sacratissimo imp. Car. V., descritta dall S. Alfonso Ulloa.-Discursos históricos de la M. N. y M. L. Ciudad de Murcia, por el licenciado Francisco Cascales. -Epístolas familiares y razonamientos del ilustrísimo Guevara, obispo de Mondoñedo, predicador y cronista del emperador Carlos V. -Historia de Segovia, por el licenciado Colmenares. -Alteraciones de Castilla en tiempo de Carlos V, copia de Juan Pablo Mártir Rizo, en su Historia de Cuenca.-Apología de la ciudad de Sevilla contra Mártir Rizo, por D. Francisco Morovelli.-Ferreras, Historia de España.
La viuda de Padilla : tragedia Francisco Martínez de la Rosa ; edición de Marisa Payá Lledó

Marco legal

National geographic

Los comuneros
Un trono ocupado por un joven rey extranjero, una fuerte presión fiscal y la pérdida de libertades en favor del poder real fueron algunas de las causas que movieron a un grupo de ciudades del reino de Castilla a unirse en una junta y a enfrentarse a Carlos IPor MARGARITE DUCHAPS-->
La llegada al trono de Carlos I (luego Carlos V) en 1517 supuso que la monarquía española se convirtiera en la primera potencia europea. Si bajo los Reyes Católicos se había producido la unificación de los reinos de Castilla y Aragón y Cristóbal Colón había iniciado el descubrimiento de todo un continente, el nuevo soberano traía consigo nuevas posesiones en Europa, además de su título de emperador, concedido en 1519. Pero muchos españoles no mostraron precisamente entusiasmo ante esta acumulación de poder. Más bien al contrario: la perspectiva de un Imperio universal les hacía temer verse postergados y explotados por los nuevos gobernantes. Además, Carlos y sus ministros eran extranjeros, y a su llegada a la península multiplicaron los gestos torpes que no hicieron sino acentuar los recelos y los odios entre numerosos sectores de la sociedad castellana. La chispa de la revuelta estalló poco después de que el nuevo rey partiera hacia Alemania a recibir la corona imperial. Un altercado entre ciudadanos de Segovia y los representantes de la monarquía, seguido por una expedición de castigo que se cebó en la villa de Medina del Campo, indispuso irreparablemente los ánimos de todos. Los rebeldes, que contaban inicialmente con un apoyo popular mayoritario, se organizaron en «comunidades» urbanas independientes del poder real, de las que emanó una Junta de gobierno también autónoma. Los líderes del movimiento estaban inspirados por la conciencia de que había que defender las «libertades» de Castilla frente a un gobierno forastero y autoritario. Por parte de la monarquía, tras sufrir al principio graves reveses, el cardenal Adriano de Utrecht logró recomponer sus fuerzas y sumar partidarios sobre todo entre la nobleza de los «caballeros». Fueron ellos los que terminaron militarmente con la insurrección, en la decisiva batalla de Villalar, tras la que fueron ajusticiados los tres principales cabecillas comuneros: Padilla, Bravo y Maldonado.

El Cardenal

El 31 de Octubre de 1520 el Cardenal Adriano de Utrecht, regente en nombre del rey Carlos I, declaraba oficialmente la guerra a la Junta Santa de las comunidades Castellanas. Como es ya sabido, el problema venía desde la llegada de Carlos a Castilla, con gran séquito de flamencos, el 19 de septiembre de 1517. El reparto de prebendas entre los no-castellanos junto a una serie de problemas sociales latentes hicieron estallar en Valencia la revuelta de las Germanías en diciembre de 1519 y más tarde la rebelión-revolución de las Comunidades castellanas. La gota que colmó el vaso se produjo al abandonar Carlos por mar La Coruña el 22 de mayo de 1520 al poco de lograr el 19 que las Cortes castellanas le votaran los subsidios necesarios para ir a coronarse, como Carlos V, Rey de Romanos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Mi propósito es contarles algunas actividades de miembros de familia Mendoza en uno y otro bando. Bien es verdad que los Mendoza más poderosos apoyaron a Carlos V contra comuneros en Castilla y agermanados en la Corona de Aragón. Finalmente indicaremos que mientras los jefes de comuneros pertenecían a la nobleza, los de los agermanados eran del pueblo llano.
Comenzando por el bando "real", destaca la figura de Luis Hurtado de Mendoza y Pacheco, tercer Conde de Tendilla y segundo Marqués de Mondéjar (1489-1566), hijo del "Gran Tendilla" Iñigo López de Mendoza, y sucesor de su padre como Alcaide de La Alhambra y Capitán General de Granada. Fue el primero que en Andalucía levantó el pendón a favor de Carlos a la muerte de Fernando el Católico. Cuando aparecieron las Comunidades se pronunció en Andalucía por el rey (1520) enviando tropas desde Granada para asegurar el territorio y evitar la extensión del conflicto. Mostró siempre por Carlos la fidelidad que su padre tuvo por Fernando El Católico y fue su amigo personal desde que que éste se alojó en su viaje de bodas en la Alhambra (junio de 1526). Ocuparía hasta su muerte muy importantes cargos políticos y administrativos que demostraban la especial confianza de Carlos en él. Recientemente se ha descubierto en Albares (cerca de Mondéjar, Guadalajara) un pequeño mural que representa a Luis en la conquista de Túnez (1535), quizá la única representación gráfica de su rostro. Acabada la guerra de las Comunidades solicitó inutilmente por los servicios prestados a Carlos el perdón para su hermana María Pachecho, aunque logró que los hijos de ésta recuperaran la herencia paterna. Interesado por las artes, fue enterrado en San Antonio (Mondéjar).
En bando real militó Diego Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, que marchó con el rey en mayo de 1520, entró en el Consejo de Guerra en noviembre, volvió a Castilla para conocer la situación e informar a Carlos, está de vuelta en Alemania en enero de 1521 y vuelve a la península en julio de 1521. Y en esos tiempos los viajes no eran tan fáciles como ahora. Diego era una persona siempre preocupado por sus bienes en Cuenca y más proclive a la milicia que a la política. Moriría en 1542 en Barcelona.
También tuvieron una actividad destacada en el bando del Emperador, aunque en el Reino de Valencia, los dos primeros hijos del Gran Cardenal Mendoza, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza (1466?-1523) Marqués de Cenete (Granada) y Diego Hurtado de Mendoza (1468?-1536) Conde de Mélito (Nápoles) por su actuación al lado del Gran Capitán. Advierto al lector que personas diferentes de la amplia familia Mendoza podían tener el mismo nombre.
Diego era Virrey de Valencia desde 1520 y fue inicialmente derrotado por los agermanados en Gandía (25 de julio de 1521), expulsándole de Valencia. La llegada de tropas de refuerzo permitió al virrey derrotarles a finales de agosto y en septiembre, entrando en Valencia el 9 de noviembre de 1521. Diego actuó moderadamente contra los derrotados, pero la llegada de la nueva virreyna (Germana de Foix, viuda de Fernando el Católico) en 1523 endureció la "represión" hasta el perdón real del 16 de mayo de 1528. Su hermano Rodrigo, Marqués de Cenete, era gobernador de Valencia y su flexible y comprensiva actuación (hecho notorio a la vista de su turbulenta juvendud y madured) le permitió permanecer allí mientras su hermano huía. Actuando como mediador en diciembre de 1521 frente a los agermanados de Xátiva, fue aprisionado el 28 de enero por el caudillo Vicente Peris y liberado el 9 de febrero de 1523 en Valencia por los propios valencianos. Moriría el 22 del mismo mes de tristeza por la muerte de su esposa siendo enterrado en el convento de Santo Domingo de Valencia.
Para acabar el bando real hay que mencionar a Diego Hurtado de Mendoza y Luna (1461-1531), tercer Duque del Infantado, llamado "El Grande". Su actitud no ha sido explicada por los historiadores. El 5 de junio de 1520 recibió enfermo de gota en su Palacio del Infantado a los pecheros de Guadalajara y su primogénito Iñigo, entonces Conde de Saldaña, intenta colocarse a la cabeza del movimiento popular. Pero antes de acabar el mes, el Duque ejecutó sumariamente al cabecilla comunero Pedro de Coca, alejó a su hijo desterrandole a Alcocer y obtuvo la capitulación de los comuneros en la capital, aunque no su rendición, manteniendo el orden en la provincia (hubo partidas comuneras que llegaron a las puertas de la cercana Tendilla, pero el ánimo decidido de los vecinos las hizo retirarse e ir a saquear otros pueblos como el de Fuentelencina). Diego permitió que Guadalajara enviara representantes a la Junta, pero no permitió su renovación. Y permitió el paso pacífico del Obispo de Zamora, el comunero Antonio de Acuña, por sus tierras hacia Toledo en marzo de 1521. Se condujo generosamente con los sublevados en Guadalajara y logró para ellos un perdón real que llego el 27 de abril de 1521, a la vez que las noticias de la derrota de Villalar.
Su conducta ambigua divide a los historiadores. Para Sánchez León podría haber tenido un acuerdo con el Regente Cardenal Adriano para ser una "quinta columna" tras las filas comuneras, lo que explica el pronto perdón obtenido. Para otros simplemente esperó acontecimientos actuando solo contra lo que afectara al orden local constituido. Layna afirma que en su actitud influyó su enemistad con el obispo comunero Acuña que podía competir con su hijo bastardo Martín (lo tuvo con una hermosa gitana y era uno de sus preferidos) para la mitra toledana y quizá un disgusto secreto por no participar en el gobierno de Castilla. Hay sospechas para Joseph Pérez de un acuerdo no escrito con el belicoso Acuña para dejarle pasar por sus tierras a cambio de evitar cualquier subversión en sus dominios. Fuera como fuese se le tuvo por vasallo fiel al rey y como tal alojó y agasajó en 1525 a Francisco I de Francia en su Palacio del Infantado cuando venía hacia Madrid tras caer prisionero en Pavía.
La figura del futuro cuarto Duque del Infantado Iñigo López de Mendoza y Pimentel (1493-1566), el "Duque viejo", fue muy diferente de la de su padre. Aunque fue Caballero del Toisón de Oro y tuvo cierta relevancia en la Corte, estuvo apartado de cargos políticos quizá por sus simpatías iniciales comuneras. En su corte de Guadalajara circularon algunas ideas para-luteranas y erasmistas en los inicios de su mandato. Era un hombre culto que escribió un "Memorial de Cosas Notables" y acrecentó la biblioteca que iniciara el Marqués de Santillana.
En el bando de los partidarios de la Santa Junta de las Comunidades estuvo Juan Hurtado de Mendoza, tercer hijo del Gran Cardenal. Fue nombrado en 1520 Capitán General de la Infanteria de Valladolid, y posteriormente de Palencia y su partido. Su papel no fue nuy notorio pues nunca participó en las sesiones de la Junta comunera, aunque no fuera incluido en el perdón real de 1522 y tuviera que emigrar a Francia aachendo, según cuenta Gregorio Marañón, el Hotel Mendoza en París. Diego Hurtado de Mendoza (hijo del primer matrimonio de Juan) fue también comunero y por ello desterrado.
Todos los Mendozas anteriores, aunque se les encuentra en los libros de historia no están en la memoria popular. En la HISTORIA (así, con mayúsculas) brillan los nombres de dos comuneros de esta familia: Juan Bravo y María Pacheco. El lector puede extrañarse al leer estos apellidos, pero entonces se podían elegir y mantener el del padre, el de la madre (caso de María) o el de un antepasado de mayor rango.
En 1981 la Caja de Ahorros de Segovia publicó una biografía de Juan Bravo cuyo autor es D. Luis Fernández en la que a partir de documentos de Simancas y de la Cancillería de Valladolid se indica que Juan era hijo de María de Mendoza, hija del conde de Monteagudo y sobrina del Gran Cardenal. María Pacheco y Juan Bravo eran "primos". Bravo nació probablemente en Atienza y se avecindó en Segovia en 1504, participando en la sublevación segoviana del 29 de mayo de 1520. Organiza militarmente la ciudad y dirige las operaciones que impiden la entrada en Segovia de las tropas realistas de Rodrigo Ronquillo. Pasa a mandar las tropas que Segovia envió al conflicto y bajo el mando de Padilla entra en Tordesillas el 29 de agosto y sigue todos los avatares militares del conflicto tomando en febrero de 1521 Zaratán y Simancas, a la vez que Padilla toma Torrelobatón el 25 de febrero de 1521. Tras la derrota de Villalar el 23 de abril se le decapita con inusitada rapidez el 24 junto a Juan de Padilla y Francisco Maldonado. Pidió ser ejecutado antes que Padilla "para no ver la muerte de tan buen caballero". Una hija del primer matrimonio de Bravo tomó el nombre de María de Mendoza y los dos hijos de su segundo matrimonio en 1519 con María Coronel se llamaron Andrea Bravo de Mendoza y Juan Bravo de Mendoza.
María Pacheco era hija de Iñigo López de Mendoza, primer Marqués de Mondéjar y segundo Conde de Tendilla (llamado el Gran Tendilla), y de Francisca Pacheco, hija de Juan de Pacheco, el turbulento primer Marqués de Villena. Escogió el apellido materno al tener dos hermanas de su mismo nombre (una de ellas hija natural de su padre en su segunda viudedad). Se unieron en ella el caracter fuerte de los Mendoza y el de su abuelo materno. Como otros hermanos suyos, María era docta en latín, griego, matematica, muy leída y con conocimientos de letras e historia. Estuvo enfadada con su padre por casarla en 1510 con Juan de Padilla, un noble toledano que ella consideraba de inferior rango. Asimismo la obligaron a renunciar a cualquier pleito por la herencia paterna a cambio de una cuantiosa dote de cuatro millones y medio de maravedíes. Instigó a que su pacífico y enamorado marido uniera Toledo a las Comunidades en abril de 1520 "por querer mandar en lo que no le venía por herencia". Padilla acude con las milicias toledanas en auxilio de Segovia y fue nombrado el 29 de julio jefe de las tropas comuneras aunque luego debe ceder el mando a Pedro Girón, volviendo a Toledo. Girón deserta al bando real y Padilla regresa a Valladolid el 31 de diciembre de 1520 con un nuevo ejército toledano. Tras los avatares antes contados, es decapitado en Villalar el 24 de abril de 1521.
En su ausencia María había gobernado sola Toledo hasta la llegada el 29 de marzo del obispo Acuña (más soldado que sacerdote), viendose obligada a compartir con él el poder en la ciudad, aunque Acuña estaba siempre más preocupado en dirigir actividades militares. Al recibir las malas nuevas sobre Villalar, María se vistió de luto y cubrió su cabeza con un capuz. Finalmente Acuña huye en mayo intentando llegar a Francia. Parte de la rivalidad con Acuña se debía a su intención de lograr la mitra toledana que María deseara para su hermano Francisco de Mendoza. Como se ve, la mitra era muy codiciada. El segundo Marqués de Villena, tio de María, intentó inutilmente actuar de mediador entre los toledanos y las tropas reales. María llegaría a mantener la causa comunera nueve meses después de Villalar aunque el largo lapso que Toledo resistió se deba en parte a que el ejército real fue a Navarra para combatir la invasión francesa, oportunidad que muchos ex-comuneros aprovecharon para lograr el perdón luchando contra Francia. Medina, Segovia, Valldolid y Burgos enviaron tropas a Navarra. Para mantener el orden María llegó a apuntar los cañones del Alcazar contra los toledanos.
Mientras tanto el prior de San Juan al mando de las tropas reales cercó Toledo. Aunque el bombardeo de Toledo empezó el 1 de septiembre, los toledanos realizaban salidas con distinto éxito para avituallarse. Finalmente se firmó una tregua y el 25 de octubre de 1521 los comuneros evacuaron el Alcazar toledado aunque conservaron sus armas y el control de la ciudad (María fortificó y artilló su casa). Ante la petición de rendición en diciembre, así como de la entrega de María, los toledanos se alzaron el 3 de febrero de 1522, fracasando ante las tropas del Obispo de Bari. María de Mendoza, condesa consorte de Monteagudo y hermana de María Pacheco, logró de los combatientes una tregua al acabar el día. Hay sospechas de que una hermana ayudó a huir a la otra con la connivencia de Luis Hurtado de Mendoza, Marqués de Mondéjar. María Pacheco se fugó disfrazada de noche con su hijo de corta edad hacia Portugal.
Exceptuada en el perdón general del 1 de octubre de 1522 y condenada a muerte en rebeldía en 1524, María subsiste con dificultades al ser la ayuda familiar escasa, viviendo gracias a la caridad del obispo de Braga hasta su muerte en Oporto en marzo de 1531. Su hermano menor Diego Hurtado de Mendoza (cronista, poeta y embajador de Carlos V) la visitó en Oporto antes de morir y su hermano mayor el Marqués intentó repetidamente lograr su perdón.
Denostada en aquellos tiempos, María empezó a ser alabada por los liberales en el reinado de Isabel II. Ciertamente tuvo un fuerte caracter. Sus contemporáneos hablaron de ella admirativamente como "leona de Castilla", "brava hembra" y "centella de fuego" aunque también "era más propensa a los excesos que a la moderación". Intentaban explicar sus obras achacándoselas a la influencia de un demonio familiar o a las predicciones que recibió de una morisca sirvienta suya. De su marido Padilla dijo Luis Vives que "fue él castigado del Rey por no haberlo sido él de su mujer".
No todos están de acuerdo en esta pintura del caracter de María (ya sabemos que la historia siempre la escriben los vencedores): su hermano Diego Hurtado de Mendoza escribió un epitafio, en claro desacuerdo con las opiniones anteriores: Si preguntas mi nombre fue María
si mi tierra, Granada; mi apellido
de Pacheco y Mendoza, conocido
el uno y el otro más que el claro día
si mi vida, seguir a mi marido;
mi muerte en la opinión que él sostenía
España te dirá mi cualidad
que nunca niega España la verdad.
La situación en España fue calmandose especialmente