National geographic
Los comuneros
Un trono ocupado por un joven rey extranjero, una fuerte presión fiscal y la pérdida de libertades en favor del poder real fueron algunas de las causas que movieron a un grupo de ciudades del reino de Castilla a unirse en una junta y a enfrentarse a Carlos IPor MARGARITE DUCHAPS-->
La llegada al trono de Carlos I (luego Carlos V) en 1517 supuso que la monarquía española se convirtiera en la primera potencia europea. Si bajo los Reyes Católicos se había producido la unificación de los reinos de Castilla y Aragón y Cristóbal Colón había iniciado el descubrimiento de todo un continente, el nuevo soberano traía consigo nuevas posesiones en Europa, además de su título de emperador, concedido en 1519. Pero muchos españoles no mostraron precisamente entusiasmo ante esta acumulación de poder. Más bien al contrario: la perspectiva de un Imperio universal les hacía temer verse postergados y explotados por los nuevos gobernantes. Además, Carlos y sus ministros eran extranjeros, y a su llegada a la península multiplicaron los gestos torpes que no hicieron sino acentuar los recelos y los odios entre numerosos sectores de la sociedad castellana. La chispa de la revuelta estalló poco después de que el nuevo rey partiera hacia Alemania a recibir la corona imperial. Un altercado entre ciudadanos de Segovia y los representantes de la monarquía, seguido por una expedición de castigo que se cebó en la villa de Medina del Campo, indispuso irreparablemente los ánimos de todos. Los rebeldes, que contaban inicialmente con un apoyo popular mayoritario, se organizaron en «comunidades» urbanas independientes del poder real, de las que emanó una Junta de gobierno también autónoma. Los líderes del movimiento estaban inspirados por la conciencia de que había que defender las «libertades» de Castilla frente a un gobierno forastero y autoritario. Por parte de la monarquía, tras sufrir al principio graves reveses, el cardenal Adriano de Utrecht logró recomponer sus fuerzas y sumar partidarios sobre todo entre la nobleza de los «caballeros». Fueron ellos los que terminaron militarmente con la insurrección, en la decisiva batalla de Villalar, tras la que fueron ajusticiados los tres principales cabecillas comuneros: Padilla, Bravo y Maldonado.
Un trono ocupado por un joven rey extranjero, una fuerte presión fiscal y la pérdida de libertades en favor del poder real fueron algunas de las causas que movieron a un grupo de ciudades del reino de Castilla a unirse en una junta y a enfrentarse a Carlos IPor MARGARITE DUCHAPS-->
La llegada al trono de Carlos I (luego Carlos V) en 1517 supuso que la monarquía española se convirtiera en la primera potencia europea. Si bajo los Reyes Católicos se había producido la unificación de los reinos de Castilla y Aragón y Cristóbal Colón había iniciado el descubrimiento de todo un continente, el nuevo soberano traía consigo nuevas posesiones en Europa, además de su título de emperador, concedido en 1519. Pero muchos españoles no mostraron precisamente entusiasmo ante esta acumulación de poder. Más bien al contrario: la perspectiva de un Imperio universal les hacía temer verse postergados y explotados por los nuevos gobernantes. Además, Carlos y sus ministros eran extranjeros, y a su llegada a la península multiplicaron los gestos torpes que no hicieron sino acentuar los recelos y los odios entre numerosos sectores de la sociedad castellana. La chispa de la revuelta estalló poco después de que el nuevo rey partiera hacia Alemania a recibir la corona imperial. Un altercado entre ciudadanos de Segovia y los representantes de la monarquía, seguido por una expedición de castigo que se cebó en la villa de Medina del Campo, indispuso irreparablemente los ánimos de todos. Los rebeldes, que contaban inicialmente con un apoyo popular mayoritario, se organizaron en «comunidades» urbanas independientes del poder real, de las que emanó una Junta de gobierno también autónoma. Los líderes del movimiento estaban inspirados por la conciencia de que había que defender las «libertades» de Castilla frente a un gobierno forastero y autoritario. Por parte de la monarquía, tras sufrir al principio graves reveses, el cardenal Adriano de Utrecht logró recomponer sus fuerzas y sumar partidarios sobre todo entre la nobleza de los «caballeros». Fueron ellos los que terminaron militarmente con la insurrección, en la decisiva batalla de Villalar, tras la que fueron ajusticiados los tres principales cabecillas comuneros: Padilla, Bravo y Maldonado.
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